En noviembre 7 de 2013 se cumple un siglo del natalicio de Albert Camus, notable escritor, filósofo y periodista cuya fortaleza de  convicciones y lejanía de sectas, fanatismos e ideologías, le hicieron ganar adversarios de tintes diversos.  Las siguientes ideas extraídas de un librito que recientemente descubrí, titulado
Moral y política (Editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango, 2009), y que reúne una selección de artículos publicados en el periódico Combat  entre 1946 y 1948), dibujan al escritor de cuerpo entero en su mirada ética de la vida política y, aunque de manera sesgada, del quehacer periodístico. Sirvan, pues, las siguientes palabras textuales para recordar a Albert Camus que, más allá de reflejar circunstancias propias de su tiempo, aguijonean nuestro entorno por su vigorosa actualidad.

 

  1. 1.    Por querer lo mejor, se dedica uno a juzgar lo peor y también a veces lo que sólo está menos bien. En una palabra, se puede adoptar la actitud sistemática del juez, del maestro de escuela o del profesor de moral. Desde esta profesión (de periodista), para llegar a la jactancia o a la tontería no hay más que un paso. Esperemos no haberlo dado. Pero no estamos seguros de haber escapado siempre al peligro de dar a entender que creemos tener el privilegio de la clarividencia y la superioridad de los que no se equivocan jamás.
  2. 2.    El periodismo no es escuela de perfección: son necesarios cien números de un periódico para precisar una sola idea. Pero esta idea puede ayudar a precisar otras, con la condición de que se tenga, al examinarla, la misma objetividad que se tuvo al formularla. Puede ser también que nos equivoquemos y que nuestro método sea utópico o imposible. Pero pensemos que no podemos afirmarlo antes de haberlo intentado.
  3. 3.    Hay que curar esos corazones envenenados. Y mañana lograremos sobre el enemigo la victoria más difícil, al entablar la lucha en nosotros mismos con ese esfuerzo superior que transforme nuestra sed de odio en deseo de justicia. No ceder al odio, no hacer ninguna concesión a la violencia, no consentir que nuestras pasiones nos cieguen, esto es lo que todavía podemos hacer por la amistad y contra el hitlerismo. Aún hoy, algunos periódicos se entregan a la violencia y al insulto. De ese modo, estamos cediendo ante el enemigo. Por el contrario, se trata para nosotros de no permitir jamás que la crítica se mezcle con el insulto, se trata de admitir que nuestro oponente puede tener razón y que, en todo caso sus razones, aunque sean malas, pueden ser desinteresadas. Se trata, en fin, de rehacer nuestra mentalidad política. ¿Qué significa todo esto? Si reflexionamos sobre ello, significa que debemos preservar la inteligencia.
  4. 4.    Para nuevos tiempos son necesarias, si no palabras nuevas, al menos un nuevo ordenamiento de palabras. Sólo el corazón y el respeto que inspira el verdadero amor pueden dictar este nuevo enfoque.
  5. 5.    Aun ahora se maltrata a la inteligencia. Eso solo  prueba que el enemigo no ha sido aún vencido. Basta con que hagamos el esfuerzo de comprender sin ideas preconcebidas.
  6. 6.    Hay en toda amargura un juicio sobre el mundo. La decepción lleva a generalizar.
  7. 7.    La amistad es la ciencia de los hombres libres. Y no hay libertad sin inteligencia y sin comprensión recíprocas.
  8. 8.    Quisiera que no cediesen cuando se les diga que la inteligencia está siempre de más, cuando se les pretenda probar que es lícito mentir para triunfar más fácilmente. Quisiera que no cediesen ante la astucia, ni ante la violencia, ni ante la abulia.
  9. 9.    Felizmente, cuando conservamos esperanzas razonables, nos sentimos más fuertes.

10. Demócrata, en definitiva, es aquel que admite que el adversario puede tener razón, que permite, por consiguiente, expresarse y aceptar reflexionar sobre sus argumentos. Cuando los partidos o los hombres están demasiado persuadidos de sus razones como para cerrar la boca de sus oponentes por la violencia, la democracia deja de existir.

11. No quisiera que nadie creyera que el futuro del mundo puede prescindir de nuestras fuerzas de indignación y de amor.

12. Lo que hay que combatir hoy son el miedo y el silencio, y con ellos la separación de los espíritus y de las almas que ese miedo y ese silencio producen. Lo que hay que defender es el diálogo y la comunicación universal entre los hombres. La servidumbre, la injusticia, la mentira son las plagas que rompen esa comunicación e impiden el diálogo. Por eso debemos rechazarlas.

13. Los griegos sabían que hay una parte de sombra y otra de luz. Hoy solo vemos la sombra y la tarea de quienes no quieren desesperarse es recordar la luz, los mediodías de la vida. Pero es una cuestión de estrategia. En todo caso, a lo que hay que tender no es al aniquilamiento, sino al equilibrio y al dominio de sí mismo.

14. Si bien los hombres no son inocentes, son culpables tan solo de ignorancia.

15. No hay vida sin diálogo. Y en la mayor parte del mundo, el diálogo se sustituye hoy por la polémica. (…) Pero, ¿cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo, en simplificarlo, en consecuencia, y en negarse a verlo.

16. El objetivo que debemos perseguir es que la vida sea libre para cada uno y justa para todos.

17. No hay vida sin persuasión. Y la historia de hoy sólo conoce la intimidación. Los hombres viven, y solamente pueden vivir, con la idea de que tienen algo en común, que les permitirá volver a encontrarse.

18. La astucia, la violencia y el sacrificio ciego de los hombres son medios que se probaron durante siglos. Esa prueba fue amarga. Solo queda por intentar la vía normal y simple de una honestidad sin ilusiones, de la prudente lealtad y de la obstinación para, únicamente, fortalecer la dignidad humana.

19. El camino de la simple justicia no es fácil de encontrar entre los clamores del odio, por una parte, y los alegatos del remordimiento, por la otra.

20. Saber decir no, esforzarse cada uno desde su puesto en crear los valores vitales de los que ninguna renovación podrá prescindir, mantener lo que vale, preparar lo que merece vivirse, y practicar la felicidad para que se dulcifique el terrible sabor de la justicia, son motivos de renovación y de esperanza.

 

 

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