No  queremos  prensa 

en  Altamirano

 

Omar Raúl Martínez Sánchez

 

Reportear un levantamiento armado como el del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el estado de Chiapas, depara vivencias que por sí mismas revelan los indefectibles riesgos del oficio periodístico, el desconcierto ante lo imprevisto o lo inimaginado e incluso la descarnada y celosa disputa por la información. Todo ello queda de manifiesto en la recreación de los siguientes testimonios recogidos a través de una larga entrevista con Ulises Castellanos, reportero gráfico de la revista Proceso y colaborador de la Revista Mexicana de Comunicación, quien durante los dos primeros meses de 1994 cubrió los sucesos del sureste mexicano.

 

Cuando la caravana universitaria Ricardo Pozas entró al pueblo de Altamirano el 18 de febrero de 1994, casi veinte periodistas mexicanos y extranjeros se encontraban reporteando en plaza, calles y albergue locales. La caravana  compuesta por dos vehículos: un camión con toneladas de provisiones y un autobús con cerca de treinta estudiantes, la mayoría mujeres  había partido días antes de la Ciudad de México con destino al ejido Morelia, donde víveres, ropa y medicinas serían entregados a indígenas de esa localidad. Ello quedaría en nobles deseos, pues justo frente a la nueva e improvisada Presidencia Municipal local del Partido Revolucionario Institucional (PRI) hasta el primero de enero de ese año en que los zapatistas destruyeron a mazazos la sede del presidente de Altamirano, un grupo de veinte ganaderos les bloquearon el paso intempestivamente.

 

Algunos reporteros notaron a lo lejos un diálogo que tomaba matices de discusión entre los universitarios y los robustos hombres con sombrero texano, botas vaqueras y navaja al cinto. Extrañado, Hermann Bellinghaussen, cronista de La Jornada, acudió a ver lo que ocurría en torno del camión con provisiones. Al regresar pocos minutos después, nervioso, Bellinghaussen advirtió a Ulises Castellanos, reportero gráfico de la revista Proceso:

 

–Ni te acerques: la cosa está de la chingada. Ya me amenazaron. Mejor vamos por otro lado.

 

Estimulado por su curiosidad, Ulises, por supuesto, se aproximó a tomar fotos. De pronto, cuando enfocaba una escena del aparente altercado alrededor del cual empezaban a arremolinarse varios indígenas, volvieron la vista cuatro ganaderos que de inmediato se acercaron para coparlo contra la pared, gritarle improperios y tomarle fotos con una cámara Instamatic.

 

–¡Oye!  –protestó Ulises desconcertado–, ¿por qué‚ me tomas fotos?

 

–Pues tú también nos estás tomando y no sabemos para qué  –respondió el repentino fotógrafo y continuó oprimiendo el obturador.

 

En el momento que intentaban arrebatarle su equipo fotográfico, otros dos ganaderos se acercaron para tratar de calmar los ánimos. Antes de zafarse escuchó que uno de los hombres le gritaba atropelladamente:

–¡Ustedes, pinches periodistas, no dicen la verdad! ¡Pinche prensa vendida! Nosotros también estamos sufriendo. Los guerrilleros están robando nuestro ganado. Y esos cabrones –refiriéndose a la caravana–  todavía quieren ayudar a los zapatistas.

 

A unos cuantos pasos de donde se encontraba Ulises, salió de la farmacia un señor gritando encolerizado:

 

–¡Váyanse, no queremos prensa en nuestro pueblo!

 

Un enardecimiento contra universitarios y periodistas empezó a contagiar a los pobladores de Altamirano.

 

Pensando que el conflicto era exclusivamente con los de la caravana, tres informadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuatro de la cadena televisiva CBS y dos de otros periódicos, intentaron retirarse para pedir ayuda. Pero cuando se acercaron a sus autos, les cercaron el paso:

 

–¡Ni madres! Ustedes no se mueven de aquí. Les vamos a revisar sus coches.

 

Tras una hora de alegatos entre estudiantes, reporteros y ganaderos, alguien sacó un sonido de la Presidencia Municipal para convocar al pueblo en su propia lengua. Los micrófonos atraían cada vez más indígenas enardecidos.

 

Al detectar las posibles salidas, los periodistas advirtieron que tanto estudiantes como ellos estaban rodeados: los ganaderos las custodiaban. Ahora eran rehenes de una muchedumbre que los hostilizaba y empezaba a vaciar el camión de la caravana.

 

Empujado por la turbación y el miedo, Ulises pudo acercarse presuroso a una caseta militar donde dos soldados rasos observaban, pacientes e inamovibles, la situación a escasos diez metros de distancia.

 

Atrás del pequeño cuartel se veían jeeps, una tanqueta y tropa:

 

Oiga oficial  –dijo alarmado el fotorreportero–, ¡por favor ayúdenos, porque la gente está encendida, muy encendida! ¡Nos van a matar!

 

Casi trescientas personas congregadas alrededor del camión escoltaban a reporteros para intimidarlos. Los pobladores parecían magnetizados por una inquina irracional que en cualquier momento podría superar gritos, insultos y amenazas para explotar en la violencia física.

 

Ulises insistía:

 

–Ustedes pueden intervenir…

 

–No, no. Nosotros no podemos meternos. Ustedes y Derechos Humanos nos ataron las manos –respondió fríamente uno de los soldados y agregó–, ¿quién los entiende?

 

–Oiga, pero nos van a partir la madre…

 

–Pus aquí tenemos servicios médicos por si los necesitan.

 

–Pues cuando menos reporte el hecho a los altos mandos, afuera hay retenes militares.

 

–Ya están avisados respondió seco y hastiado detrás de la reja.

 

Por otro lado a los periodistas les inspeccionaban automóviles, videos, cámaras, tripiés, grabadoras, quizá con la intención de requisar armas para los zapatistas o de impedirles utilizar su equipo.

 

Mientras tanto, indígenas y ganaderos ordenaban a los jóvenes descargar todos los víveres, que colocaban a un costado del palacio municipal. Y convencidos de que los estudiantes iban a apoyar al EZLN, revisaban minuciosamente página por página de sus libros y cuadernos.

 

Luego de casi dos horas, varios periodistas pudieron percatarse que quien orquestaba todo era un robusto ganadero, no mayor de 35 años, alto, de tez blanca y bigote tupido, llamado Jorge Constantino. Era presidente del PRI local. Daba instrucciones rodeado de otros cinco hombres que iban y venían.

 

En otro momento, cuando el reportero gráfico de Proceso se obstinó en captar imágenes, se le acercaron otros ganaderos y con lujo de violencia trataron de arrebatarle la cámara.

 

–Ya tomaste muchas fotos: entréganos tu cámara.

 

–Mejor  –resolvió el fotógrafo en medio de su soledad–  tomen los rollos.

 

Y aceptaron, pues las imágenes eran lo que les preocupaba.

 

A tres horas del amargo recibimiento, los universitarios atestiguaron desconsolados el hurto de toneladas de provisiones que tenían como destino original el ejido Morelia. Pero ni concluida la descarga les fue permitida la salida de Altamirano ni a ellos ni a los reporteros. Parecían solazarse al amedrentarlos.

 

A unos cien metros de donde se hallaba el camión de la caravana totalmente vacío, frente al Palacio Municipal, Jorge Constantino invitó, cortés, a la reportera de Macrópolis, Eva Bodenstedt, a tomar un refresco en una pequeña fonda. Al observar la escena, Ulises Castellanos se acercó con el propósito de hablar con él para solicitarle dejara salir del pueblo a la prensa y a los estudiantes.

 

–Yo no mando aquí  –dijo en tono amable el ganadero, y añadió–: yo sólo soy parte del pueblo. Siento no poder hacer nada. El pueblo de Altamirano está muy cansado de que los zapatistas se roben sus vacas… Todo este desmadre no hubiera pasado si desde hace años hubieran eliminado a Samuel Ruiz…

 

–Pero los estudiantes sólo llevaban víveres para la gente del ejido Morelia, no a los guerrilleros  –comentó Ulises.

 

–Pero ..saltó irritado Constantino– ¡si todos en ese pinche lugar son zapatistas!

 

En ese instante sonó el teléfono de la fonda. Era Manuel Camacho Solís. Quería hablar con el presidente del PRI de Altamirano. Antes, quizás las monjas o algún reportero habían logrado comunicarse a San Cristóbal con Samuel Ruiz, quien le informó al Comisionado.

 

El ganadero explotó:

 

–¿Por qué me habla el licenciado Camacho a mí? –reclamó a los periodistas–, ¿ya fueron de rajones verdad?

 

–No –respondió Ulises–, pero sería bueno que tomara la llamada.

 

–¿Ese señor es un sabio? ¿Por qué me busca a mí…?

 

Transcurrió casi un minuto antes de que se levantara a contestar con un gesto de enfado:

 

–¿Si, licenciado?… no… no se preocupe licenciado… No, no han sufrido ningún daño… El camión está entero… Claro, los estudiantes… también los periodistas… No, no los estamos deteniendo… No hay ningún problema… Sí, sí, sí… no… Por supuesto…

 

El fotorreportero de Proceso pidió hablar con el Comisionado para la Paz.

 

–¿Quién habla? preguntó Camacho.

 

–Ulises Castellanos, de Proceso.

 

–No digas nada comprometedor. ¿Cuántos periodistas son?

 

–Como veinte.

 

–¿Y universitarios?

 

–Cerca de treinta.

 

–No se preocupen, ya estamos informados. Ya hablé con el General y también están informados en la Ciudad de México. Va una patrulla militar por ustedes. ¿Necesitan algo?

 

–Necesitamos irnos…

 

–Pásame al señor Constantino.

 

El ganadero tomó una vez más el auricular:

 

–Sí, sí… muy bien… hasta luego.

 

Luego de colgar y sentarse con parsimonia pero con exasperación controlada, sostuvo:

 

–Pues yo no mando aquí. Yo no sé qué vaya a pasar.

 

Pocos minutos después salió del restorán. Con paso firme se dirigió a la plaza. La gente del lugar, en una actitud de respeto y temor engarzados, se hacía a un lado ante su robusta presencia. Llegó a la Presidencia Municipal y, a petición de la gritería estudiantil, hizo traer el autobús de los universitarios.

 

Lo llevaron ante sus ojos. Bajo un tupido bigote se arquearon sus labios al leer a un costado del camión: Filosofía y Letras.

 

Tengo un hermano filósofo, pero  –entre una falsa sonrisa estampada de ironía, añadió–: hace mucho que no se para por Altamirano. Él sabe por qué.

 

Finalmente se resistió, quizás por flojera, a inspeccionar el vehículo. Y con fastidio gritó:

 

–¡Ya súbanse y váyanse!

 

Los altamiranenses, investidos de hoscos gestos, despidieron en tropel a los extraños machacándoles, en su limitado castilla, infinidad de insultos. Vehículos de reporteros y universitarios salieron del pueblo cuando la noche caía a plenitud. Y liberados de la tensión, retornaron en caravana a San Cristóbal de las Casas.

 

El Diálogo por la Paz se había visto amenazado cuarenta y ocho horas antes de su inicio.

 

 

 

Periodistas en zona muerta

 

Pocos días antes de darse a conocer la declaración de amnistía y formalizarse el cese al fuego a mediados de enero de 1994, cinco periodistas de distintos medios impresos partieron en dos autos, de San Cristóbal rumbo a Guadalupe Tepeyac con la idea de encontrar guerrilleros.

 

Al llegar al último retén militar de Las Margaritas, fueron advertidos por miembros del Ejército Federal de que en adelante se corrían riesgos. No obstante, los reporteros persistieron en su empeño por un camino que los llevaría a lo que se conoce como zona muerta: la zona de nadie, porque se ubica entre los fuegos de los dos ejércitos.

 

Luego de avanzar durante horas bajo el sol inclemente, sobre una vereda de terracería, justo en la cañada de La Soledad, a su paso encontraron una familia con la neutralidad de unas banderitas blancas en sus manos y el cansancio y las huellas de pesadumbre en su rostro indígena.

 

No saben a ciencia cierta lo que ocurre. Quieren resguardar su desamparo lo más lejos posible de ráfagas y ejércitos. Una de las señoras había abortado un día antes, abatida por el calor y el cansancio. Otra mujer no quería perder al niño que llevaba en su vientre y suplicó a los periodistas que la alejaran del peligro. Aceptaron sin chistar.

 

Medio kilómetro adelante se toparon con cerca de cuarenta niños que, con sus miradas templadas de sorpresa, rodearon los dos automóviles hasta obligarlos a detenerse. Los fotorreporteros aprovecharon para captar gráficas e intentar hablar con la gente.

 

Habían llegado a un rancho llamado La Floresta en donde se hallaban refugiadas familias enteras que, empujadas por salvar sus vidas, habían huido despavoridas con sus pocas pertenencias a cuestas de las comunidades cercanas a Nuevo Momón, donde días previos la fuerza armada había desplegado una lluvia de rockets. Pero ahora, quizá sin saberlo, estaban en medio de dos fuegos. Algunos ya tenían varios días durmiendo hacinados y compartiendo las desventuras paridas del conflicto entre el EZLN y el Ejército Mexicano.

 

Ya casi a punto de retirarse del lugar, al identificar a la señora embarazada que iba dentro del Tsuru, varios indígenas reclamaron de inmediato su derecho a ser trasladados también.

 

–No vamos a caber…  –arguyó uno de los informadores.

 

Pero no le dieron tiempo de terminar la frase. Ante las sorprendidas miradas de los periodistas y sin su venia, mujeres, adultos y niños se arrojaron desaforadamente hacia el interior de los coches. Vaciaron sus enseres domésticos y costales dentro de las cajuelas, y acomodándose entre codazos y empujones perfilaban en sus gritos la esperanza de distanciarse de las turbulencias.

 

–No podemos llevarlos a todos insistió un fotógrafo.

 

Ya no había espacio ni para los choferes. Los indígenas, más de ocho en cada auto, sólo esperaban la partida.

 

–Miren, para llevarlos yo necesito sentarme en este lugar para manejar  –trató de hacerse entender Ulises.

 

Pero en su limitado español un indígena respondía con humor involuntario:

 

–Sí, gracias, pero no es necesario.

 

La desesperación comenzó a tensar el ánimo de los periodistas.

 

–Miren  –propuso uno de ellos a la gente con el afán de hallar una salida–, como únicamente hay dos coches, sólo llevaremos a los enfermos.

 

Y en ese momento en un corto castellano manaron de La Floresta las afecciones centenarias que ilustran amargamente la situación del pueblo chiapaneco:

 

–Duele panza, echo todo fuera  –dijo un hombre con voz apagada.

 

–No puedo mover pierna, duele mucho  –clamó un viejo al tiempo que se alzaba el pantalón para que constataran su pierna inmóvil, casi fosilizada, cuyo tono verduzco evidenciaba que los hongos estaban comiéndose su piel del tobillo a la rodilla.

 

–Mire lo que me ha salido  –mostró un joven brazos, pecho y espalda donde le nacían manchas blancuzcas, quizás producto de su desnutrición.

 

–Voy a tener hijo  –se hizo escuchar una señora en evidente estado.

 

–Mi niño tiene fiebre, está mal  –dijo otra indígena con su hijo en brazos.

 

–Me arde mucho, vea  –indicó doliéndose otro hombre repleto de llagas en piernas y brazos que amenazaban una infección desde su carne viva.

 

Lo que en realidad urgía en ese rancho era la Cruz Roja.

 

Ante la impotencia de auxiliarlos de inmediato, los reporteros propusieron:

 

–Cuando regresemos a San Cristóbal, avisaremos a la Cruz Roja y a Derechos Humanos para que vengan por ustedes.

 

–Sí, gracias, pero no es necesario.

 

Los indígenas acomodados en los coches no se movieron. Debieron pasar quince minutos para que saliera el número de personas suficiente para dejarles espacio a los reporteros.

 

El Tsuru y el Volkswagen arrancaron con casi veinte individuos dentro, y enseres domésticos, cobijas y costales en cajuelas.

 

Los pasajeros irían quedándose en diferentes poblados.

 

Al día siguiente, comisiones de la Cruz Roja y Derechos Humanos saldrían en auxilio de los refugiados de La Floresta, donde el cruce de fuegos y el desamparo asolaban la perplejidad indígena.

Lucha por la exclusiva

 

El cese al fuego había sido decretado. Los reporteros se impusieron, entonces, el compromiso de recoger la voz e imágenes de los guerrilleros. Con un mapa turístico en sus manos y mucha fe, enviados de Le Monde, El País, Excelsior, La Jornada y la revista Proceso salieron antes del amanecer, en tres autos rentados, rumbo a San Miguel para de ahí internarse en las inéditas geografías de la selva chiapaneca.

 

Dos horas después de pasar Ocosingo llegaron a la llamada zona muerta. Nadie daba razón de los zapatistas. La monotonía del camino hacía el recorrido todavía más pesado. Atrás dejaron cuatro retenes militares. Los pobladores de San Miguel aseguraban ni siquiera conocer a los miembros del EZLN. Las distancias se alargaban sin certidumbre alguna.

 

Cuando el desgano los amenazaba, en la comunidad de La Garruncha fueron interceptados por una docena de hombres jóvenes.

 

–¿Hacia dónde se encaminan? –les preguntaron en tono amable.

 

–Buscamos a los compañeros… a los zapatistas, pues… –dijo uno de los periodistas.

 

Un silencio incierto se apoderó del momento hasta que un indígena pidió:

 

–Anótenme en este papel sus nombres y en qué medios trabajan. Hay que pedir autorización.

 

Obtenidos los datos, el hombre se introdujo a una choza, desde donde solicitó el permiso mediante un aparato de radiocomunicación. Salió alentador:

 

–Están autorizados. Sólo déjennos revisar sus coches.

 

Mientras registraban, un reportero quiso saber dónde hallarían a los otros compañeros.

 

–Ellos los encontrarán en algún punto del camino –respondieron.

 

Minutos después de reiniciar la marcha, toparon con una camioneta donde, aparentemente frustrados, retornaban los enviados del periódico Reforma y de la agencia fotográfica Cuartoscuro. Decían desistir de su intento:

 

–No encontramos nada. La gente ni siquiera quiere hablar. Mejor no se arriesguen: el camino es muy malo. No desperdicien su tiempo, nunca van a encontrar zapatistas expresaron poco convencidos los informadores.

 

Los periodistas de Le Monde, Excelsior, La Jornada y Proceso intercambiaron miradas de recelo, confundidos. Por un momento dudaron. Pero la terquedad diluyó el desconcierto inicial. Además, tenían luz verde para continuar.

 

Casi tres kilómetros adelante, los automóviles se atascaron en medio del lodazal. Se vieron obligados a proseguir el camino a pie. Transcurrida una hora, entre los densos matorrales, un sujeto apareció repentinamente.

 

Tras preguntarles por sus autos, los reporteros le explicaron lo que había ocurrido. La caminata continuó muchos minutos más hasta que llegaron a otro poblado colmado, ahora sí, de zapatistas desarmados de todas las edades. En ese paraje, donde veíanse a poca distancia vacas, cerdos y pollos, debieron esperar otra autorización.

 

Los rayos solares de las tres de la tarde hacían todavía más azarosa la marcha cuyo destino sintieron cercano cuando oyeron barullos entre el inmenso follaje, de donde surgió una voz:

 

–¡¡ALTO!! –gritaron dos encapuchados armados con poderosas metralletas.

 

Los enviados levantaron su bandera blanca clamando:

 

–¡Somos periodistas!

 

Uno de los guías que los acompañaba se acercó a los guerrilleros para ponerlos al tanto. Los miembros del EZLN, a su vez, pidieron a los visitantes se internaran en la maleza que se avistaba a un costado del camino, donde humedad, sombras y lodo envolvían el entorno. A unos pasos aguardaban diez zapatistas armados y el Mayor Mario. Luego de pedir identificaciones y cerciorarse de su autenticidad, el Mayor suavizó su actitud para externar su disposición a ser entrevistado. Ese encuentro sería su segunda entrevista de prensa de la jornada. En los días subsecuentes, el desfile de reporteros por esa zona sería intenso. Y la guerra descarada por la información también se intensificaría.

 

Texto publicado en Revista Mexicana de Comunicación Núm. 34, abril de 1994.

 

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