Agenda

El Washington Post se ha unido a la celebración por el nuevo gobierno mexicano. Un editorial reciente festeja el término de la parálisis legislativa. Finalmente, argumenta la mesa editorial del periódico, el gobierno está abordando los temas que han detenido al país por más de una generación. El tono del artículo es semejante al de otros elogios publicados en los medios más importantes de la prensa internacional. Aplauso por la determinación, por el rumbo de las reformas emprendidas, por la capacidad de hilvanar acuerdos fructíferos. La imagen del gobierno se abrillanta, naturalmente, por el contraste con las administraciones precedentes. Hay, en efecto, una sensación de movimiento que resalta frente a la experiencia reciente. Quizás, más que el movimiento, lo que se celebra es el atrevimiento: la voluntad de encarar poderes, la determinación de quemar tabús, el valor de atacar intocables.

Veo otra novedad en la joven administración de Peña Nieto: el control de la agenda política. Desde el primer minuto, el gobierno ha trazado un mapa de prioridades y ha sabido ajustarse a él. A cuatro meses de inaugurada la gestión, resulta notable un gobierno con capacidad de concentración, una administración que camina por su ruta y que mantiene un discurso coherente. Digo que es notable porque desde hace quince años, el gobierno federal ha sido incapaz de dictar agenda. Al perder la mayoría en la Cámara de Diputados, el gobierno de Ernesto Zedillo perdió la iniciativa política: el centro de gravedad se desplazó a una legislatura dedicada a marcar su distancia de la presidencia. El gobierno tenía un paquete de reformas en la libreta pero la legislatura jamás lo hizo suyo. El gobierno de Vicente Fox no despegó porque nunca tuvo plan de vuelo. Desde la primera hora, exhibió su dispersión, la incoherencia de su núcleo básico. Fundado en la ocurrencia, el primer gobierno panista estuvo siempre un paso atrás de sus adversarios, a los que alimentó diligentemente con provocaciones y amenazas inverosímiles. La oportunidad de la alternancia, dilapidada en trivialidad recurrente. El gobierno de Felipe Calderón se empeñó en distinguirse de su predecesor pero se ató a una batalla que le arrebató para siempre la batuta. La polarización que marcó su periodo hizo imposible el entendimiento constructivo. El segundo gobierno azul quiso montar su prestigio en la valentía del presidente para combatir al crimen, sin darse cuenta que se aferraba a la cola de un monstruo. De ahí colgó la administración calderonista durante seis largos años. Zarandeado por la violencia, fue incapaz de proponer una ruta, defenderla y ceñirse a ella.

El gobierno que hemos conocido en pluralismo es el gobierno del reflejo, de la reacción ante las provocaciones del entorno. Gobiernos de extravío, tropiezo, divagación. Gobiernos más o menos a la deriva. Rumbo dictado por otros, por el azar o el error. Si sorprende la energía del nuevo gobierno es por eso: porque sigue su propia ruta y no se desvía. Fijar la agenda no es una etapa de la política; es su verdadera medida. El poder no se agota en la imposición de una voluntad sobre otras. El poder es, antes que eso, la capacidad de marcar los linderos de lo que se discute públicamente. Tiene poder quien logra fijar la agenda pública, quien puede trazar un calendario para la política, el redactor del libreto que otros discuten, el que consigue que los medios coreen su tonada. Por eso Elias Canetti veía al director de una orquesta como el símbolo consumado del poder: todos, músicos y espectadores, en silencio observando los gestos que convocan a la música.

La novedad es la agenda. El secreto, desde luego, no está en la ordenación de prioridades en una libreta, sino en la formación de una alianza reformista que es capaz de seguir esa pauta. La paradoja del gobierno que, finalmente, logra trazar su ruta es que el itinerario no es sólo suyo. ¿Será que lo que hacía falta era disposición de compartir no sólo costos sino, ante todo, beneficios de la acción política? Para legislar, decía un experimentado político norteamericano, es indispensable que tu adversario presuma la iniciativa que tú promueves. Lo cierto es que el Pacto por México se ha convertido en el marco casi exclusivo de la política mexicana. Y es ahí, en los linderos de su éxito, donde comienza el riesgo de una agenda hegemónica. Es mérito del nuevo gobierno haber cambiado el tema de la conversación nacional y dirigir la atención a un proyecto de cambios realizables para escapar de esa tenaza de emergencia bélica que marcó al gobierno anterior. Pero sus temas y sus prioridades no son los únicos que cuentan. La agenda del gobierno y sus aliados efectivos no puede ser el único programa nacional. A la oposición, a la crítica corresponde perturbar el concierto.

Tomado de Reforma 01/ 04/ 2013

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