Reflexiones dialógicas:

 

Ética y utopía *

 

Omar  Raúl  Martínez  Sánchez

 

 

“Se necesita una dosis de idealismo
tan grande como la del Quijote
para mantenerse en la convicción 
de que las palabras impresas o habladas de un periodista 
pueden cambiar el panorama de injusticia. 
[…] La utopía del periodista es una insubordinación, una rebeldía frente a las realidades”.
 Javier Darío Restrepo

 

 En un libre ejercicio de reflexión, el autor se aventura a platicar con un interlocutor imaginario para poner sobre la mesa temas como las utopías, la ética, el aprendizaje, la libertad, las paradojas, la esperanza…

 

 

—No es posible hablar de comunicación, política y democracia sin introducir otro ingrediente que no puede desestimarse: la ética. En este contexto, ¿a qué llamamos ética periodística?

 —En mi opinión, la ética periodística es el conjunto de valores o principios de actuación deseables que hace suyos un informador para encarnar los objetivos que a su entender debiera cumplir el periodismo que él valora y respalda.

Hablar de ética supone referir móviles internos llamados valores que a su vez se manifiestan en ciertas pautas de comportamiento, o en determinadas creencias, actitudes, decisiones o preferencias personales. Pero ojo: la ética periodística no es lo mismo que un catálogo de deberes en la cobertura mediática; constituye más bien una natural disposición a querer actuar en determinado sentido, un motor unipersonal, una búsqueda constante por ser mejor… Porque la raíz medular de la ética  –recuerda Savater–  no se vincula precisamente al deber ser o al deber hacer sino al qué, por qué y para qué se quiere o se pretende hacer periodismo. O sea, subyacen arraigados motivos o valores que mueven a la acción.

En el terreno de la ética periodística, distinguimos cinco valores rectores a partir de los cuales se desprenden otros valores específicos. Los susodichos principios centrales son el apego a la veracidad, la búsqueda de independencia, la asunción de responsabilidad, el compromiso de integridad profesional, y el afán de servicio a la comunidad.

—La propuesta de medios de comunicación vistos a través del cristal de la ética y de las aspiraciones democráticas que proclamas, en realidad pareciera tener francos visos de Utopía. Y cada vez que oigo hablar de utopías, sinceramente noto que en algunos brota una especie de sonrisilla escéptica o expresión socarrona. ¿Sirve de algo la utopía en el terreno de la comunicación?

—No creo que haya respuestas absolutas. Recuerdo que cierta ocasión en un taller con reporteros y editores reflexionábamos colectivamente sobre el tipo de periodismo que se frecuenta en Latinoamérica y su aparente sesgo al reproducir una desesperanza manifiesta en sus sociedades locales, a veces con rispideces y poca solidaridad entre sus colegas, y con la constante inquietud por sus nimios o nulos efectos tras sus publicaciones. Lamentablemente este sentimiento no resulta extraño porque son realidades inobjetables. Pues bien, pese a esas primeras percepciones, en aquel encuentro pocos minutos después uno de los participantes reaccionó diciendo que a nadie se ayuda si asumimos la actitud de víctimas. Y luego se vertieron palabras alentadoras: la satisfacción por la gratitud de la gente, la voluntad por informar pese a condiciones adversas, la búsqueda por crear nuevos espacios, el orgullo de Ser Periodista…

Hablamos asimismo de que el periodismo ideal a veces tiene que mirarse como una utopía para sobrevivir en una competitiva selva informativa y avanzar en un oficio cuyo propósito fundamental es el servicio a la gente. Alguien cerró la sesión refrendando la conveniencia de huir del victimismo para aspirar a nuevas y renovadas formas de emprender, entender y hacer periodismo.

Al final de la sesión, una chica que muy poco había participado me entregó una hojita con una cita textual que no vi sino hasta horas después y resumía lo visto ese día al condensar precisamente la importancia de ver al ejercicio periodístico como utopía, entendiéndola como un acicate:

 La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar: Eduardo Galeano.

 —Es decir, se trata de una aspiración eterna y por tanto de una idea irreal…

 —Como sugiere Galeano, la utopía siempre está a la vista y su función no consiste en crear realidades ideales sino en orientar y acompañar los caminos posibles: en hacer ver que siempre habrá manera de materializar ideas y búsquedas que en el pasado se decían quiméricas. La utopía es un mapa de ruta cuyo destino  –conocido y siempre distante–  hace estimulante el viaje.

Volodia Teitelboim define a la utopía como la persecución y proposición de “una sociedad distinta a partir de la existente, superando sus injusticias, sus vicios, sus crueldades, su antihumanismo”. Discrepo entonces de eso que llamas realidad o idea irreal, porque hasta el propio Giovanni Sartori ha dicho que las utopías de hoy son la realidad del mañana, que el progreso es la materialización de las utopías, y que muy a menudo éstas llegan a ser verdades prematuras.

 

 

Comunicación, utopía y esperanza

 

 —En los tiempos actuales pareciera que una dosis de utopía sólo sirve para hacer más llevadera la vida social y política…porque de otra suerte, la desesperanza nos inundaría...

—Ciertamente utopía y esperanza van de la mano. Sin utopía no habría posibilidad de imaginar cambios para mejorar. Sin utopía nadie se rebelaría frente a las circunstancias ominosas o asfixiantes. Sin utopía sería imposible creer y crear esperanzas, que a la postre son el alimento de los inconformes. La utopía es el motor de la transformación y por ende acicate para el periodismo. Pero ni la esperanza ni la utopía esperan: visualizan posibilidades, y por tanto no admiten amodorramientos ni estrecheces.

 —Sí, hace poco leí una expresión que coincide en este aserto. La escribió Lydia Cacho: “Mi madre decía que los discursos no educan, la necesidad transforma y la esperanza se construye”. Nada más atinado.

 —Y ya que estás en las citas, permíteme rescatar lo que en cierta ocasión plasmó don Pablo Latapí:

 Estoy convencido de que hay que seguir trabajando por lo que queremos, en lo que nos corresponde a todos; creo que para eso es la vida: es construir esperanza, abrir horizontes, tender puentes hacia un futuro mejor, sembrar alegría y construir esperanza invocando nuestras utopías y trabajando tenazmente para realizarlas hasta el último día de nuestra vida.

 —Construir esperanza… mmmmmhhh… ¿Tú crees que ésa sea tarea de los medios de comunicación y del periodismo?

 —Aquí cabe bien lo que Javier Darío Restrepo ha planteado: el periodismo de hoy no puede limitarse sólo a reproducir mecánicamente los males y las desavenencias que la realidad arroja. Si se aspira a hacer un periodismo diferente que busque de verdad mejorar nuestras realidades, debiera “tender puentes” para evitar sumergir a la sociedad en la queja, el pesimismo y la pesadumbre. ¿Cómo? Quizás explorando o escrutando y poniendo énfasis en las posibilidades para hallar soluciones, es decir: exigir respuestas que ahonden en los caminos potenciales para evitar o erradicar sucesivos males. Ésta sería una de las maneras de construir esperanza en el periodismo.

 —Pero estando las cosas como están en el tiempo actual, tan atrofiadas, tan poco bonancibles, que por momentos se imponen el desasosiego, la desesperanza y el hartazgo, ¿vale la pena pensaren una mejor comunicación mediática, imaginar algo distinto, proyectar nuevas posibilidades…?

 —Si damos por válido e irreprochable el argumento de que tal como están, así son y seguirán siendo las cosas y habrá que aceptarlas como si se tratara de un destino irrenunciable, entonces no hay camino ni futuro ni imaginación posibles… Son estimulantes, en esta tesitura, las palabras que Miguel Ángel Granados Chapa compartió a sus lectores en su última columna periodística:

 Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.

Pero tampoco puede partirse de un idealismo a ciegas, fundado en dogmas o buenos deseos, ajeno a decisiones y hechos porque, en efecto, puede caerse en la irrealidad.

 — ¿De qué sirve ese idealismo cuando vemos que el “mundo real” se impone bajándonos del sueño con las necesidades monetarias, con las amenazas a la integridad física, con la frecuente inducción a la autocensura, con las exigencias materiales, con la búsqueda por la manutención o el conflicto por mantener la plaza laboral?

 —Sin negar que todo eso es cierto, el mundo real también lo son las aspiraciones por cambiar las circunstancias, por afanarse en un medios de comunicación que alienten la justicia; el mundo real igualmente congrega el idealismo de Gandhi o la nobleza de Nelson Mandela o la vocación de Ryszard Kapuscinski y de Miguel Ángel Granados Chapa, que afrontaron su respectiva realidad con una voluntad indomable, sin doblegarse ante las asechanzas pecuniarias… Estos personajes mostraron que se puede ser idealista con los pies en la tierra, con sentido práctico, con asideros tangibles, para despertar imágenes, para visualizar hechos por adelantado, para trazar caminos propios que otros ya han iniciado. Ser idealista permite sustentar, sostener y vivificar un porqué y un para qué,aunque al principio no siempre pueda delinearse el cómo; su valor, no obstante, radica en que una vez planteados, tienden a desterrarse poco a poco las nebulosas del trayecto; es decir, clarificados algunos porqués y para qués, sepueden ir aclarando los métodos cuando se entra al terreno de la acción.

 

 

De aprendizaje, ética e inteligencia

 

—Creo que en el fondo de todo esto se pasea un aspecto medular: la disposición para aprender…

 —Cuando se habla de aprendizaje casi de manera mecánica nos viene a la cabeza la escuela, pensando que es ahí la cuna natural de los nuevos conocimientos. Y esto no siempre se acerca a la verdad. Aunque no podemos dudar de que en las aulas se gestan numerosas semillas, considero que éstas sólo germinan si la persona las riega con sus hábitos, el rastreo de su vocación, su sensibilidad y aspiraciones más profundas. Es decir: la universidad, por ejemplo, no creo que “forme” en sentido estricto a los profesionales de la comunicación, únicamente les provee de recursos para afianzar su llamado vocacional: dota de visiones teóricas, parámetros éticos, racimos de lecturas, vías metodológicas, autores e interpretaciones novedosas, técnicas expresivas, acercamientos conceptuales a nuevas realidades… Todo eso y más puede aportar un centro de educación superior y sus maestros, pero el que el alumno saque o no provecho de ese gran buffet de conocimientos y propuestas sólo dependerá de él mismo, de su hambre por abrevar, de nadie más.       “Los maestros –dice Jodorowsky– nos ayudan a encontrar el camino, pero sólo nosotros podemos recorrerlo”. Y en ese trayecto puede irse delineando la vocación, que no es sino el descubrimiento o reconocimiento de lo que uno verdaderamente es.

 —Ya que estás tan filosófico, habría que añadir que aprender no es sólo hacer acopio de información y conocimientos para generar un cambio personal; aprender es también desechar lo inútil, lo tóxico, para ser lo que en el fondo somos y para potenciar nuestro crecimiento; aprender es internalizar o aprehender la lección de la experiencia propia y de la ajena, sea de los libros o de nuestra vivencia cotidiana; aprender es la oportunidad que nos brinda la vida para renovarse y ganar autonomía.

 —Siguiendo tu discurso agregaría que aprender es un ejercicio de la inteligencia enraizado en un proyecto ético. Aprender conlleva la conciencia de que cada uno de nuestros actos, experiencias, decisiones e interpretaciones de la realidad han de irnos moldeando: nos van construyendo. Por eso no estaba tan errado un profesor cuando en cierta ocasión me dijo, retomando a Sartre, que cada quien se “crea” a sí mismo. En tal sentido son muy aleccionadoras las palabras de Juan Pico Della Mirandola (1463-1494) en su oración dirigida por Dios Sobre la dignidad del hombre, rescatada por José Antonio Marina:

No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que desees para ti, los tengas y poseas por tu propia decisión y elección. Para los demás hay una naturaleza constreñida dentro de ciertas leyes que les hemos prescrito. Tú, no sometido a ningún cauce angosto, te definirás según tu arbitrio, al que te entregué. Te coloqué en el centro del mundo para que volvieras más cómodamente la vista a tu alrededor y miraras todo lo que existe. Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás alzarte a la par de las cosas divinas por tu propia decisión.

 —Dices que aprender es un ejercicio de la inteligencia enraizado en un proyecto ético. ¿Podemos hablar hoy de un periodismo “inteligente” y “ético”?

 —Antes de responder habría que partir de una pregunta básica: ¿a qué llamamos inteligente y por qué? Si nos atenemos al hecho de que la palabra inteligencia se origina del latín que significa la mejor elección entre dos o más posibilidades (inter: entre; legere: escoger), entonces podemos afirmar que lo inteligente es la capacidad por hallar una respuesta apropiada para cierto tipo de situación, aunque también podría aceptarse como el mejor camino para comprender las cosas y así tomar la decisión más conveniente.

 —Es muy discutible esta percepción porque para algunos la inteligencia más bien se asocia con la habilidad para captar, memorizar y procesar datos e información…

 —Sí, desde luego, podría admitirse tal mirada pero sin constreñirse a la acumulación mecánica de datos o información o a la capacidad para “jugar bien al ajedrez” o “resolver ecuaciones diferenciales”, como diría Marina. La inteligencia gana cuerpo y sentido sólo si se permite un anclaje ético. Se es inteligente en la medida que se buscan y logran soluciones convenientes para nuestra persona y nuestro entorno, y esto sólo puede alcanzarse cuando dirigimos nuestra conducta y tomamos decisiones a partir de valores introyectados que procuran llevarse a la realidad. En otras palabras: ser inteligente supone hacer congruentes los valores propios en la acción.

 —Pues parece una definición un tanto noble e incluso “ingenua”, porque lo común es aceptar como inteligente a quien se hace de poder y amasa fortunas o tiene la capacidad de imponerse e influir sobre las personas…

  —Claro, no resulta raro que así se vea. En lo personal, sin embargo, distingo tres niveles cuando se habla de inteligencia: por un lado ubico al inteligente intelectual o enciclopedista: acumula gran cantidad de datos e información, frecuentemente más con el ánimo de mostrarlo como trofeo o exaltar el ego o patentizar la superioridad frente a los otros, que para aprovecharlos con la idea de encontrar respuestas oportunas a problemas vitales. En segundo término está el inteligente utilitario o calculador, que explota el cúmulo de información y conocimientos para sacar ventaja personal y política de las circunstancias, más allá de los escrúpulos: es el que se apropia de la máxima “Saber para subir”, referida por Gabriel Zaid. Y finalmente destaco al inteligente humanista: quien reconoce y pone en contexto toda cauda de bagaje informativo e intelectual para hacerlo conocimiento encaminado a la procuración de una vida personal y colectiva más armónica, sustentada en los más nobles valores de la humanidad.

 —¡Ahora sí te saltaste la barda! No creo que la inteligencia necesite de apellidos: es inteligencia a secas, independientemente de la intención. Aceptando sin conceder esos tres niveles que propones, pienso que en realidad suelen convivir juntos por la dinámica propia de la naturaleza humana. Y para cerrar este punto, ¿no crees que si alguien se asume como “inteligente” tiene que pensar en sí mismo y sus intereses?

 —Pues desde mi punto de vista, repito, tampoco se puede ser inteligente si no se piensa en los otros. Si la inteligencia busca las mejores rutas para entender las circunstancias y decidir con asertividad, entonces en la medida que se deja de lado el sentido de humanidad ya no podemos hablar de inteligencia… Podremos entender que la persona saque provecho de sus recursos racionales o intelectuales para velar por su propio interés, ¿pero eso significa ser inteligente?…   Por ejemplo, algunas personas se dicen inteligentes al privilegiar el pragmatismo político por encima de sus valores originarios. Entiendo que somos seres en construcción y que permanecer inamovibles conlleva estancamiento. Somos seres vivos y por ende hemos de cambiar, equivocarnos, transformarnos, crecer… Sin embargo, ¿hasta qué punto es inteligente desechar o relegar  –por razones utilitarias–  la raigambre de nuestros principios cuya médula nos oxigenan? ¿Optar por una inteligencia que apele a valores humanísticos es algo ingenuo o resulta más bien atípico?…

 —Estas “nobles” ideas son más sencillas de delinear, exponer y explicar en el simple discurso, que llevarlas a su cumplimiento. No creo que la inteligencia tenga que ser “noble” o “bondadosa” ni velar siempre por el bien común…

  —Quizá sea un asunto de percepción y de valores. Por ello vuelvo a coincidir con José Antonio Marina cuando dice que “la gran creación de la inteligencia humana es la ética”, entendiendo a ésta última no como un “repertorio de prohibiciones, deberes y obligaciones” sino como un brillante conjunto de soluciones y posibilidades. “La ética  –nos recuerda el mismo autor español –  es el gran proyecto que la inteligencia humana hace sobre sí misma. Un proyecto de humanidad inteligente”.  Tener en claro lo que queremos y deseamos para nosotros nos permite interlegere, es decir: visualizar nuestros valores y, en función de ellos, tomar las mejores elecciones de vida, encauzar proyectos profesionales, o séase: ser inteligentes, lo cual supone no sólo entender la realidad sino ante todo abrir posibilidades. Es decir, más que por el intelecto, la inteligencia se mide por la sensibilidad ética porque expande el sentido humanista y define al hombre mismo. Valga todo lo anterior para subrayar que un periodismo y un proyecto de comunicación inteligentes sólo son posibles si se atienen a firmes cimientos éticos.

 

 

Valores, conciencia y libertad

 

 —Hablar de “valores” y “ética” a veces me genera cierta “comezón” porque pareciera escuchar a viejitos moralistas que se lamentan por su pérdida (la de los “valores” y la “moral”, no la de ellos mismos) ante el “desenfreno” del mundo actual… ¿Por qué otra vez sacar a colación el tema de los “valores”?

 —En principio porque justamente en el fondo de la inteligencia gravita la comprensión de los valores. Y porque a fin de cuentas, nuestras acciones son la encarnación de los valores que arraigamos  – sabiéndolo o no –  más allá de la piel. Tomamos decisiones y actuamos a partir de la información y conocimientos disponibles y de acuerdo con lo que creemos que es lo conveniente, lo correcto, lo justo o lo útil. Hablar de valores, pues, exige hacer referencia a la ética, la cual es – reitera Marina – la “más inteligente creación de la inteligencia humana”.

Los discursos cargados de densa moralina nada tienen que ver con la Ética sino con la imposición de estructuras de pensamiento y de control ajenas al hombre mismo y subordinadas, la mayor de las veces, a percepciones religiosas o harto conservadoras del mundo.

Tales discursos moralinos no permiten elección personal: dan cauce a la definición-imposición de un “deber ser” externo al individuo. Sobre esto vale la pena recordar lo que decía Friedrich Nietzsche:

¿Hay algo que debilite más que trabajar, pensar, sentir, sin necesidad interior, sin una íntima elección personal, sin alegría, como los autómatas del deber? Esa es, en cierto modo, la receta para llegar a la decadencia.

A diferencia de los autómatas del deber moral, la conciencia ética apela a la revisión interna, al cuestionamiento de la persona por sí misma y a su renovación por la vía del autoexamen. Aquí se aspira a un complejo proceso de autoconocimiento sobre los afanes, valores y razones del hombre. La conciencia ética conlleva un escrutinio sobre los porqués y para qués de la vida en sus diversos niveles.

La vida ética o entrar en ella, pues, es darse cuenta de las propias aspiraciones, las tempestades, las confabulaciones o los presagios, y pese a ello persistir batiendo afanosamente los remos para alcanzar el puerto.

Por otra parte, antes preguntabas sobre qué tanto margen de libertad puede tener el periodista frente a las situaciones adversas, propensas al control y al silenciamiento, pese al real compromiso ético o utópico que se asuma. Al respecto no creo que sea posible imponerse “márgenes” para darle vigencia a los valores que orientan la comunicación y  el periodismo a los cuales aspiramos. Porque en nuestra vida sobresalen ciertos valores éticos que tienden a ser inducidos o, mejor dicho, pueden irse moldeando por las circunstancias, sí, mas no son predeterminados o definidos por éstas. Si dichos valores rectores fueran veletas sometidas a las turbulencias imprevisibles, ni siquiera llevarían ese nombre (no tendrían valor alguno): serían algo así como simples monedas de latón. Pero son parte congénita de cada persona. De esa suerte, en la manera de reaccionar frente a las condiciones y adversidades se manifiesta la fuerza de los principios o valores propios y el alcance de nuestra visión de futuro. Y aquí la libertad, nuestra libertad, se ve siempre expuesta a todo género de condicionamientos, limitaciones o frenos. Hablar de libertad hoy nos sumerge en reflexiones a veces desorbitadas pero no por ello menos puntuales. Por ejemplo, para Víctor Frankl, la libertad humana constituye el valor supremo de la vida y jamás es negociable. Más allá de eso, ante el conflicto de enfrentarnos a los intentos ajenos por restringir nuestro actuar y/o pensamiento, desde la perspectiva de la psicología y la vida misma, quien estuvo recluido en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, asegura lúcida e implacablemente:

 Al hombre –dice Frankl– se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas  – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias –  para decidir su propio camino.

 […] El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.

 […] Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. […] En realidad no importa que no esperemos nada de la vida,sino si la vida espera algo de nosotros.

 Vale recordar que la ética como proyecto se empeña en inventar o encaminar encomiables posibilidades para el día de mañana. Quizás puede significar una pauta de conducta personal a seguir sobre lo que cada quien acepta como conveniente para contribuir al bienestar propio y de nuestro entorno. Tal vez puede significar no una ley inamovible sino una búsqueda que orienta la conducta y ayuda a mirar claramente.

 

 

Transformar y mejorar

 

 —¿Crees que el periodismo y el quehacer mediático sirvan para “transformar el mundo”? ¿No es una aspiración demasiado pretenciosa?

 —No creo en estricto sentido puedan “cambiar el mundo”, pero sí han de aspirar a modificar percepciones, sembrar razonamientos, generar reacciones, activar decisiones o inducir aprendizajes de personas que desean transformar y mejorar sus actuales circunstancias. Si no gravitara esta búsqueda, ¿qué sentido tendrían el quehacer mediático en general y la tarea periodística en particular? Así sea a cuentagotas, pienso que éstos pueden abrir resquicios y que a fuerza de constancia, pesquisas e inteligencia pueden ensanchar boquetes impensables. Lo que ocurre es que no es nada frecuente observar efectos inmediatos. Poco antes de su muerte, Ryszard Kapuscinski afirmó convencido que la escritura periodística sí puede provocar cambios, pese a las restricciones naturales que imponen las circunstancias y el tiempo:

La reacción a la palabra escrita  –asentó en su último artículo–  es más bien mediata. En el primer momento puede ser incluso invisible, indetectable. Necesita tiempo para empezar a formar o cambiar la conciencia. Sólo después de un largo camino podrá influir en nuestras decisiones, actitudes y acciones.

 —Existe, sin embargo, un contrasentido: muchas personas, y periodistas señaladamente, viven ansiosos por cambiar y mejorar sus circunstancias, pero se resisten a cambiar ellas mismas…

 —Coincido contigo. Por ejemplo, conozco a un reportero que a la primera provocación aprovecha para quejarse del mal periodismo y la falta de ética de algunos de sus compañeros, pero tampoco hace el mínimo esfuerzo para quebrantar las inercias, para ser  –él mismo–  mejor periodista, mejor persona. Con nuestra lamentación, inacción y la propia inercia de pesadumbre, sin notarlo a veces, contribuimos a engordar lo que criticamos. No podemos vivir despotricando contra los otros o lamentándonos de las excrecencias de la prensa. Tampoco podemos soslayar disfuncionales conductas, prácticas y estructuras de ésta, pero con el mismo visor y vigor necesitamos reconstruirnos nosotros mismos en lo personal.

 —Decirlo es muy sencillo…

 —Por eso nunca sobrará la revisión personal en torno a nuestros valores o rumbos vitales. Sumergirse en la ética y las implicaciones personales es como descorrer una cortina que permite el reconocimiento propio para ampliarlo hacia los demás con la dignificación humana que ello implica.

Y para abundar sobre el sobado tema de “transformar el mundo”, vale la pena recordar lo que hace poco tiempo escribió Lydia Cacho. Ella anotaba tres reglas esenciales a las que cada quien debe añadir sus propios ingredientes:

 Encontrarle sentido a la vida y saber qué hacer con esa vida una vez que lo hemos hallado. Respetar a las y los demás como deseamos ser respetados, y elegir todos los días negociar los conflictos antes de hacer daños a los otros. En el centro, están todas las formas de amor: desde los afectos a las personas, los animales y la naturaleza, hasta las grandes pasiones que nos inspiran, nos transforman y nos revitalizan el aliento para seguir adelante y comenzar un nuevo ciclo.

 —De lo que dice Cacho se infiere que no basta con querer

 “cambiar” las cosas: paralelamente se hace exigible una transformación individual…

 —En efecto: resulta insuficiente el simple voluntarismo. La potencia de la voluntad puede ser una golondrina sin verano si se le observa de manera aislada, y si se le exime del respectivo autoexamen introspectivo, axiológico. Intentar transformar nuestro entorno supone, entonces, una previa decisión personal en la que subyace no sólo una fuerza volitiva sino fundamentalmente una forma de percibir, valorar y recrear dicho entorno. Lo más importante es que esta elección personal se fortalece en la medida que irradia al círculo más cercano, y éste a su vez impacta a contactos aledaños, sumando la iniciativa de muchos otros.

 —Esto de cambiar las circunstancias a través de los medios de comunicación nos regresa al tema de la utopía…

 —Se trata meramente de una aspiración latente, un sueño incumplido, un destino intocado pero posible…  No obstante siempre es fructífero mantener a flote tal mirada. En esta tesitura permíteme compartirte un cuento que relata Alejandro Jodorowsky:

 Una gran montaña cubre con su sombra una pequeña aldea. Por falta de rayos solares, los niños crecen raquíticos. Un buen día, los aldeanos ven al más anciano de ellos dirigirse hacia los límites del pueblo llevando una cuchara de loza entre las manos.

 — ¿Adónde vas? –le preguntan. Responde:

 —Voy a la montaña.

 — ¿Para qué?

 —Para desplazarla.

 — ¿Con qué?

—Con esta cuchara.

 — ¡Estás loco! ¡Nunca podrás!

 —No estoy loco: sé que nunca podré, pero alguien tiene que comenzar.

  Nadie duda de que el intento de transformar el entorno, o aspirar a renovar la comunicación o el periodismo o los medios, por ejemplo, constituyen tareas titánicas; pero pueden empezar a cambiar las cosas si alguien se propone hacerlo, pasando a la acción sin exigir inflexibles lógicas ni calendarios.

 

 

* El presente texto ofrece fragmentos del Capítulo IV del libro Repensar el periodismo. Aristas del reportaje y otras reflexiones, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa, México DF, 2012.

 

 

 

 

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