Luis González de Alba, de perfil

 Teresa Zerón-Medina Laris

Nexos 01/12/2013

 

Me detengo frente a un portón de metal negro con buzón plateado ocho minutos temprano. El sol de la tarde en Guadalajara deseca. Me protejo bajo la sombra de una palmera más alta que la doble altura de la casa blanca. Desde la calle sólo veo una ventana, ningún vecino. Me paro en lo que parece ser la tapa de un registro de agua que dice: 12.02.52. Toco el timbre. “Ya voy”, responde una voz masculina desde la ventana. Distingo una silueta a través de un vidrio opaco.
Me muerdo las uñas. Recuerdo las advertencias sobre el carácter de Luis. No me conoce y el vértigo lo acecha. Oigo pasos. Mi estómago hierve.
Luis González de Alba abre y me extiende la mano. Un floripondio blanco aparece en el patio. Lo imaginaba más alto. Debe tener sesenta y pico de años. Usa anteojos de armazón casi invisible, pantalón de pana gruesa y camisa de manga corta, barba, pelo corto; de nariz recta. Busco sus pupilas pero encuentro mi reflejo en el cristal. Entro a la casa, la luz disminuye. Sus ojos son cafés. Entre las canas tiene vestigios de cabellos negros.
Caminamos hacia la sala. Nos rodean espacios sombríos y claros, unos producidos por tragaluces, otros por ventanales cubiertos con cortinas. Le gusta la vegetación. Hay más de una decena de macetas con plantas grandes. También los idiomas. En Lecumberri estudió hebreo. Una chimenea separa la sala del comedor. Me ofrece té verde de bote. Acepto. La sala es de piel café casi naranja. Pide que me siente en el sillón más grande. Él se sienta siempre en otro que le ayuda a evitar el mareo.
Por la casa viaja una música cuya melodía no reconozco ni tampoco el idioma de la letra. La canción parece un lamento intenso. La antítesis del Lago de Como que tocaba su madre al piano. “Me gusta mucho”, dice mientras me sirve té, “es Dimitris Mitropanos”. Cantante griego fallecido en 2012. La canción, Roza. Luis tiene algo con Grecia. Ni su psicoanalista ha descifrado por qué. Viajaba cada año hasta que se le agudizó el vértigo. La idea de una crisis en el avión lo aterra.
En Grecia visitaba ciudades y pueblos, no tanto las playas pues “son de piedritas y tiene más olas Chapala”. Usa las manos para describir la tranquilidad del mar Egeo donde los barcos desaparecen entre las montañas. Allá extrañaba las olas de los mares mexicanos. De joven visitaba Acapulco y esperaba a que subiera el oleaje, cuando todos salían, él se metía.
Le platico sobre mi pasado tapatío. Me observa silencioso. Luis nació en San Luis por azar. De niño escuchaba las conversaciones de grandes. “Usté váyase pa’ allá que esto es conversación de mayores”. Siempre lo corrían. Así se enteró de un montón de cosas familiares que luego ha usado en sus novelas. Su bisabuelo Luis era de Tepatitlán, tierra de agricultores en los Altos de Jalisco. Dicen que entraba a la cantina con su caballo, llegaba a la barra y pedía dos tequilas, uno para él y otro para el caballo. Después de varias rondas de repente miraba a uno que estaba sentado y ¡zúmbale!, le daba un golpe sin motivo alguno. ¿Por qué me pega don Luis? Por feo, les respondía. Pero un día le pegó a uno por guapo. Luis ríe. Le emociona pensar que su abuelo pudo haber tenido gustos homosexuales.

Tiempo después, su abuelo, “por muerto o por embarazada”, salió corriendo de Tepa y no paró hasta llegar a Charcas cerca de Real de Catorce, un pueblo minero semidesierto con biznagas, cactus y nopales, sin saber nada de minería. Compró una finca en la que instaló el Hotel Jalisco. Ahí nacieron su padre y él, el mayor de siete hermanos. De niño leía novelas de piratas de Emilio Salgari. A los nueve o diez años, una hermana de su madre que fumaba casi tres cajetillas al día, se lleva a Luis y a su hermano, adoración de su padre por guapo, a Guadalajara. Al año, la familia completa se instala en la capital tapatía. Luis fantasea con lo que pudo haber sido si las cosas hubieran sucedido de otra manera.
Los González no comen cerdo. ¿Ni en una torta ahogada? “No puedo con ellas, pican demasiado y luego no las sé comer, soy tiquismiquis, no me gusta escurrirme, eso de comer una cosa aguada y que se me escurre… luego la mano peluda del tortero, con eso no puedo. Es too much”.
Una vez le preguntó a su madre: “¿Por qué me gustará tanto el cordero?”. Ella respondió que en Tepa les daba cordero pues era lo único que había aparte de cerdo. Del historiador Luis González y González escuchó que los González de Tepa, por el siglo XVII, eran judíos que se convirtieron para que no los mandaran a la hoguera y por eso en su familia son de todos los colores, “desde güeritos a morenos”. Hace pocos años Luis pagó a la National Geographic Society ochenta dólares para que le hicieron su análisis genético. Lloró cuando le llegaron los resultados. Según el examen es poblador prehistórico de Grecia, sus antepasados salieron de África, cruzaron el Sinaí y se establecieron en Mesopotamia. Son parte de los pobladores de todo lo que hoy es Iraq, Israel, Grecia y el norte de África.
En Guadalajara terminó la preparatoria. Pensó estudiar astronomía o física pero requería de muchas matemáticas y un mal maestro lo había convencido de que era malo para el cálculo. Años después, en Lecumberri, descubrió lo que no entendía y se acabó el misterio del cálculo. Se decidió por estudiar psicología en la UNAM aunque ahora se dedica más a la divulgación de la física y la astronomía.
Luis interrumpe la conversación. Se levanta y enciende una luz. Camina pausado y seguro. Observo los adornos sobre la mesa de centro de la sala. Libros y esculturas que deduzco son recuerdos de viajes. La decoración es ordenada, él de esencia revoltosa. La música griega sigue de fondo. Regresa al sillón. Su voz, que parece de pulmones amplios y cuerdas finas, es fuerte, a veces temblorosa. Recuerda que al terminar la carrera en la UNAM pensó que había perdido la vida y que tenía que irse de grumete en un barco por el mundo, “como Lord Jim”, a las playas donde llega la basura de la humanidad, los despojos, los fracasados, pero llegó el 68 y lo salvó. Fue dirigente del movimiento estudiantil y aprehendido en Tlatelolco. En prisión escribió Los días y los años, sobre la matanza en Tlatelolco, su paso por el campo militar y su encierro como preso político. Así se convirtió en escritor. “El libro tuvo éxito pero no tanto porque no era lacrimógeno”.
Al ingresar a Lecumberri su primera sorpresa fue la visita de sus amigos. Pensaba que habían matado a todos. Para Pablo Pascual no eran un grupo político, ni mucho menos un sindicato, eran una pandilla. “Escandalosa”, agrega Luis. Les gustaba la fiesta. En la boda de unos amigos, recuerda, los empezaron a correr discretamente. Cada que uno decía a ver pásame el ron, el mesero les sacaba la silla. Salvador, amigo y vigilante de las guardias en las huelgas, se colgó del cuello de Luis y se dirigió a la puerta, se bajó la bragueta, se sacó el pito y comenzó a caminar haciendo eses en el pasto frente a los invitados de honor diciendo ya vámonos, ni queríamos seguir aquí.
Luis estaba en la crujía C con otros estudiantes, “niños bien” que de la prisión sólo probaban birote recién horneado y frijoles de olla. Los amigos de afuera les llevaban otros alimentos. Me cuenta cómo vivía, lo que veía y sentía. Lo ha narrado en repetidas ocasiones. Elena Poniatowska lo visitó en la cárcel para entrevistarlo. Con sus narraciones escribió La noche de Tlatelolco.
Le pregunto si alguna vez lo golperon. Sólo un policía abajo del edificio Chihuahua en Tlatelolco pero los militares jamás. Pensó que uno lo iba a hacer, se cubrió, cuando abrió los ojos, éste le extendía una pieza de melón de su rancho.
Durante su encierro conoció a Pepe, un preso común de la crujía B que podía realizar actividades fuera de ella. Hablaban de política y sobre lo sucedido en Tlatelolco. Luis le platicaba que estaba escribiendo la historia y que la llamaría como la canción de moda Those were the days porque ésos habían sido los días que pensaron no terminarían y acabaron mal. Se veían como las novias de pueblo, detrás de las rejas y en los campos de juego. Luis se enamoró. Pepe tenía una novia. Éste relato lo describe en Otros días, otros años.
Al salir de Lecumberri, Luis, junto con otros presos políticos, se instaló en Chile. Creían que el gobierno de Allende les ayudaría pero no sucedió. No tenían visas y tuvieron que negociar su entrada. Buscó empleo en una imprenta como barrendero, corrector, lo que fuera pero se lo negaban. Vivía de las regalías de Los días y los años que desde México le mandaban en dólares y allá se convertían en una fortuna. Después de un año rechazan extenderle la visa, “gracias a eso salvé mi vida porque si me hubiera tocado Pinochet no salgo vivo”.
De Chile viajó a Argentina. Las cervezas, recuerda, tenían una etiqueta dorada que lo asombraban. Buenos Aires era el gran lujo. Luego visitó el carnaval en Río de Janeiro. Aún no existía el Sambódromo, lo sorprendió la gente bailando en las calles y sonando tambores en los camiones mientras pegaban en las ventanillas. Vestía con vaqueros y camiseta rota. Esas aventuras las condensó en El vino de los bravos y unos tequilas.
De regreso a la ciudad de México Luis vivió con su primer novio, Ernesto, en un departamento por Miguel Ángel de Quevedo. Una tarde se encontró con el escritor argentino Manuel Puig a quien había conocido en Sudamérica. Puig escapaba del próximo golpe de Estado en Argentina y se hospedaba en casa de un amigo. Lo invitó a cenar. Al terminar, Puig le preguntó si estaba escribiendo algo. Luis le contó sobre un montón de notitas que había hecho de un cierto romance platónico que vivió mientras fue preso político, con un preso común. Se refería a Pepe. Dejó a Manuel sorprendido y en silencio.
No volvió a saber más de él, sólo que al poco tiempo había publicado una novela llamada El beso de la mujer araña. La historia trata de un preso político, heterosexual y un preso común, homosexual y locota que coinciden en una misma celda. En vez de política su conversación gira en torno a estrellas de cine. “El personaje se la pasa con esa manía que tienen los homosexuales y no logro descifrar, ¿por qué siempre tienen una heroína mujer que es todo para ellos?”, dice Luis. Guardamos silencio.
Oscurece. Le pido que me permita regresar al día siguiente, misma hora y mismo lugar, con la justificación de tomarle un retrato. Accede. Me acompaña hasta la puerta. ¿Vives solo?, pregunto. “Sí, antes vivía con mi perro, un dálmata, pero murió. Todos han muerto”.
A la mañana siguiente me como una torta ahogada pensando en cuánto las aborrece Luis. No tuve cámara para retratarlo. Entro a una casa de empeño y la compro. Sé que a Luis le gustan las espaldas anchas, como de nadador, así que en una nevería de garrafa le compro helado sabor mamey. Por si me equivoco en sus gustos, compro también de coco. “Piña es la fruta que no como”. En vez de té me ofrece un tequila y cedo. Él me acompaña con otro.
Sobre el brazo del sillón de piel reposa su tequila. Viste camiseta azul, pantalón de pana gris delgada y zapatos de piel. Lo retrato sentado, como lo he visto en nuestra conversación del día anterior. Sobre piel, como la que acaricia de los amados en sus relatos. Le pido que se pare junto a las macetas y el tragaluz para otra foto. Se detiene de una columna por miedo al vértigo. Necesita hacer tierra. Desde niño se marea con facilidad pero con la edad se le ha incrementado. Le viene de los González, lo tenía su padre y lo tienen sus hermanos. Es ver y sentir que te caes. Cuando ve a la luna se le tambalea el suelo, tiene que agacharse para observarla.
Dimitris Mitropanos vuelve a aparecer de fondo. ¡Salud!, me dice. Damos un sorbo. Comentamos la noticia del día: una mujer parió sobre pasto afuera de una clínica. Sobre la mesa ha puesto cuatro de sus libros, El sol de la tarde, Otros días, otros años, Olga y El vino de los bravos y otros tequilas. En las novelas donde describe sus romances, como en El sol de la tarde, todo, me aclara, sucedió, sólo los nombres difieren pues algunos tenían esposa.

Después de publicar Los días y los años escribe su segunda novela, Y sigo siendo sola, sobre la historia de México. Se basa en el personaje de una mujer fea y cacariza, La seca, que pasa por todo, hasta posa para la escultura de la Coatlicue. Se la lleva a la editorial que ha publicado su obra anterior. Luego le llaman para decirle que no la han leído pero la opinión de los lectores es que no va con su imagen, la del joven héroe de la izquierda. Se va con la competencia a la que ha demandado por sacar una novela cortando y pegando párrafos de un lado y otro de otra. Se la publican.
En No hubo barco para mí leí uno de los textos que más me ha conmovido de Luis: “La muerte de Ernesto y un conjuro”. Ernesto fue su pareja por más de diez años. Murió de sida. Lejos de Luis porque su familia no le permitió verlo. Junto a él, Luis incursionó como empresario en la vida nocturna, rodeado de excesos, alcohol y otros placeres. Al regresar de Chile, Luis comenzó a dar clases en la UNAM. Durante su año sabático se fue a París y conoció Le Palace que “había sido un cine viejo grandotote al que le quitaron las butacas y lo convirtieron en una disco sensacional”. Bebe otro sorbo del tequila. Todos vestían pantalón vaquero, camisetita blanca y usaban bigote. En México, los bares gay eran “horrorosos y chiquitos”. Las bebidas, probablemente adulteradas, le daban una cruda insoportable. Los visitaba con Ernesto. Un día decidió que enseñaría a todos lo que era un bar gay.
Primero puso una tiendita sex shop, luego un bar, El Vaquero. Pero Luis quería una disco con fierros y engranes y eso fue El Taller, en la calle de Florencia, cerca del Ángel de la Independencia. Lo tuvo que dejar. No podía preparar sus clases y llegar a la de ocho si a las cuatro de la mañana estaba haciendo cuentas. Buscó a un gerente aun cuando sabía que se llevan la lana pero se llenaba tanto que dejaba mucha. Hoy el bar descansa en la penumbra, un empleado de Luis se lo quedó y lo clausuraron.
Luis no pasó por ninguna confesión dramática sobre su homosexualidad. Un día iba a Vallarta con Ernesto en su primer vochito que se acabó en ese viaje. Durmieron una noche en Guadalajara, en casa de sus padres. Después de cenar su madre le dijo: hijo les voy a dejar el cuarto que está acá, pero ¿qué le digo a la güera? ¿Que prepare una cama o dos? Había camas gemelas. Una, mamá, respondió Luis. Eso fue todo. Para muchos otros era el asombro, ¿cómo que andas en esto y lo otro y que eres gay? A algunos no les cuajaba “pero de eso se aprovecharon muchos, los que querían probar”.
Nos terminamos el caballito de tequila. El reproductor de CD automáticamente pone uno nuevo. Comienza a sonar Con te Partiró de Andrea Bocelli. Toma El vino de los bravos y otros tequilas, con la mirada fija en el hombre retratado en la portada. Es Ernesto, me dice. Estaban en Cozumel, Ernesto se recargó sobre el malecón mientras al fondo pasaba un barco. Luis le tomó esa foto. En la portada sólo reprodujeron la cara. Nunca volvió a Cozumel. “Era guapísimo”, susurra. Estoy de acuerdo. En otro libro me enseña su foto, con una guitarra, cuando era joven y estaba en Lecumberri. Se parece a Freddie Mercury. No soy la primera que se lo dice.
Habla y lo observo de perfil. En sus pupilas se refleja una bombilla. Hace quince años que regresó a Guadalajara. Ya no da clases pero es riguroso con la escritura. Los temas científicos son sus predilectos. Los domingos trabaja un texto de divulgación científica y los lunes sobre política. Busca convencer a su público a través de las palabras. Es tenaz y desafiante. Pesadilla de algunos editores. Todas las mañanas revisa periódicos y más de ciento veinte títulos de bases de datos científicos, en inglés, pues desconfía de los ya traducidos. Los que le parecen interesantes los lee completos. Durante los últimos meses ha juntado artículos sobre la conciencia y la materia. Lo intrigan pues no cree en el alma. Luego pasa un rato en Facebook subiendo fotos de granaderos incendiados y leyendo los comentarios de sus amigos cibernautas. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo por su labor en la divulgación de las ciencias.
Visitó Cuba. Había pasado su juventud cantando “Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él?”. En una conferencia habló sobre la homosexualidad en todos los animales. Los cubanos se pusieron furiosos. Entró en una tienda elegante. No había nada más que baratijas, moscas y tierra. Afuera un joven cubano le pidió si le podía comprar algo. Luis no podía creer que no dejaban entrar cubanos a la tienda. Más tarde, sobre el malecón, otro le ofreció a su hermana de quince años por diez dólares; ante su rechazo, ofreció su piel por ocho. Regresó decepcionado.
Durante el sexenio de Echeverría muchos de sus compañeros del movimiento del 68 entraron al gobierno; decían hacer lo mismo pero con paga. Fueron parte del desastre de la expropiación de tierras. Otros, como Luis, entraron a partidos políticos como el Movimiento de Acción Popular (MAP), luego en alianza usando el registro del Partido Comunista crearon el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y más adelante, en unión con Heberto Castillo, el Partido Mexicano Socialista (PMS). En 1988 Heberto se lanzó de candidato a la presidencia. Luis cruzaba los dedos para que no ganara: le producía urticaria. Cedió a Cuauhtémoc Cárdenas su candidatura. En casa de un amigo Luis se había encontrado con éste cuando todavía era gobernador de Michoacán. “Oiga Cuauhtémoc, le dijo, ¿nunca ha pensado lanzarse a la presidencia de la República? En la izquierda muchos votaríamos por usted aunque tuviéramos que votar por el PRI.  Cuauhtémoc se quedó tieso y mudo. Su amigo velozmente interrumpió ¡Ay, Lábaro! cómo eres metepatas. Así le dicen sus amigos: Lábaro. Cambiaron de tema. “Es una de mis grandes metepatas. Ahora sé que Cuauhtémoc es la línea del PRI que soporta la tesis del nacionalismo revolucionario. La izquierda de ahora es un desastre porque no le atina”.
Le pregunto si vota en las elecciones. Siempre lo hace. En la última votó por Josefina Vázquez Mota. Fue un voto  por lástima, sabiendo que no ganaría. Luis es aguerrido, solitario en la vida pero acompañado por sus ideas, sueños y literatura. Es valiente aunque cuando se inyecta, suda. Le pregunto, ¿qué quedó de la lucha del 68? Las cosas que hemos venido haciendo, me responde. Parte de la vida democrática de ahora es consecuencia de aquella talacha.
Veo su sala. Las pinturas que la decoran. Una me atrae. Un hombre, que parece actor estadunidense, junto con unas botas vaqueras. Pienso en Brokeback Mountain, película que menciona en algunos textos de No hubo barco para mí. En una mesa está la reproducción de un galgo moribundo y retratos de sus familiares. Me enseña la foto de su madre en el lago de Como y uno de sus sobrinos, a quien le tiene mucho afecto, vestido de militar israelí. “Estamos locos, algo tenemos”.
Al salir cruzamos por su extensa colección de música. Mucho Mozart. La noche anterior él había visto por primera vez la película Amadeus. En momentos se le puso la piel de gallina. Algunas cosas no se las creyó como que Salieri hubiera gritado antes de morir, por viejo o por demente, que él había matado a Mozart. Rehusé que me pidiera un taxi y caminé entre sombras callejeras. De regreso en la ciudad de México, un amigo me preguntó si Luis está loco. Sí, exquisitamente loco y es mejor desnudo. Leerlo es quitarle la ropa, poco a poco.

Teresa Zerón-Medina Laris. Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

 

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