Por José Garza

 

El periodista no es un agente pasivo. Siente y piensa. Se expresa. Incluso con la tensión de la objetividad y la neutralidad registra la realidad y la va creando cuando la realidad está oculta, desconocida. Los métodos de Wallraff podrán resultar poco ortodoxos desde un punto de vista deontológico, pero no ilegítimos. La vida en la Alemania antes de la caída del muro de Berlín impuso condiciones de nulo acceso a las fuentes de información. ¿El interés público de una información justifica el uso de medios dudosos? No hay nada que lo determine. Es inexistente una normativa al respecto, excepto los criterios éticos y los valores morales de los periodistas y de los propios medios de comunicación. Lo fundamental es supeditarse a los hechos y a las circunstancias. No mentir, no inventar. No crear una realidad ni alterar la existente. No volver espectáculo la información ni frivolizar los esfuerzos. Preguntar. Contextualizar. En eso, en eso, Wallraff es ejemplar.

 

Günter Wallraff cuenta en el prólogo de Cabeza de turco que, después de atrapar un trozo de vida –dos años de labor reporteril– como personaje inmigrante en su propio país, desconoce todavía cómo un extranjero asimila las humillaciones cotidianas, los actos de hostilidad y odio; pero sabe ya lo que éste tiene que soportar y los extremos que alcanzó el desprecio humano en la Alemania de los años ochenta del siglo XX. Y para cocinar la certeza, Wallraff se disfrazó de turco y se justificó: hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar y fingir para averiguar la verdad.1 

Mentir para aproximarse a la realidad, para contar verdades, está prohibido en el periodismo. Es un atributo exclusivo de la literatura. ¿De qué depende la credibilidad de un reportaje? En literatura, la credibilidad depende de la forma en que están escritas las historias, de la capacidad de persuasión. El periodismo se supedita al cumplimiento implacable de sus reglas del juego: la no invención y el cotejo de lo que se escribe con la realidad. Wallraff no engaña. Wallraff utilizó la mentira como procedimiento para conseguir información, para documentarse. Cuando la condición de periodista lo impide, porque las fuentes niegan el acceso a la información, el procedimento de Wallraff resulta una alternativa. El mismo escritor y periodista lo explica de la siguiente manera:

Si existiese en la RFA una verdadera libertad de expresión no tendría que recurrir a estos métodos de trabajo. Hace unos diez años, la prensa era aún muy competitiva en este país. Pero ahora se ha producido una concentración tal que su control está cada vez en menos manos. Esto vale también para la televisión […]. En la práctica ya no existe libertad de expresión, tal y como se garantiza en la Constitución […]. El que mis artículos tengan entrada en la RFA, más que en la prensa de minorías, aquélla que no publica anuncio, puede ser un índice de la situación.2

En la noción de periodismo de Wallraff, nutrida por su bagaje y su propia biografía como antiguo obrero, en las circunstancias políticas, sociales y culturales de un mundo bipolarizado –el de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo XX– en que desarrolló su labor de escritor y periodista, la denuncia es una exigencia moral. Y en ese contexto la mentira, el disfraz y la labor de espía están justificados como método para recopilar datos y reconocer atmósferas, como las que experimentó en 1964, cuando las empresas alemanas estaban en un proceso de militarización creciente con el propósito de protegerse contra cualquier intento de sabotaje de los trabajadores. Escribe Wallraff:

Telefoneé a los servicios de prensa de las fábricas Continental […] con la esperanza de obtener informaciones más exactas. Me presenté como periodista […]. Cuando le telefoneo pasada la media hora su respuesta es especialmente lacónica, ligeramente teñida de la jerga militar prusiana, pero cordial: “Mire, Wallraff, escúcheme bien. Nada. Me he informado. Absolutamente nada”. […]. Pero ¿cómo llegar a descubrir la verdad? Sólo había una posibilidad: aparecer como alguien que sabe de qué va la cosa. Como un colaborador de una instancia jerárquica superior, que habría que inventar de pies a cabeza. Como colaborador, por ejemplo, de una supuesta “Comisión de protección civil del Ministerio de Interior”. Modifico ligeramente mi voz y llamo por segunda vez al Sr. Bochernkamp, de las fábricas Continental de Hannover. Mi nombre de adopción: Kröver.3 

Las circunstancias y la concepción personal de la profesión periodística propician que Wallraff coloque a la mentira como modo de acceso y de aproximación a la realidad. Esas circunstancias y esa concepción del ejercicio reporteril no se escapan, sin embargo, de producir sospechas, interrogantes deontológicas en cuanto al manejo de fuentes y los procedimientos y métodos para recopilar información.

En el prurito de las convenciones, el trabajo de Wallraff está invalidado como periodismo. Pero no miente. En el papel, transcribe de manera puntual y completa el proceso de elaboración de su reportaje. El trabajo de Wallraff está exento de invenciones: proporciona la información de los hechos y de sus formas de obtención de datos y de experiencias a través de sus transformaciones de escritor en trabajador inmigrante o falso funcionario; proporciona los datos y las fuentes necesarias para el cotejo preciso de lo que escribe con la realidad. En ese aspecto, la obra de Wallraff está lejos de ser una obra de creación literaria y está, en efecto, más cerca del periodismo.

En tal cruce de fronteras de procedimientos y de nociones del ejercicio del periodismo, la obra de Wallraff, como compendio de su experiencia de vida profesional, es una especie de contraperiodismo: rompe con las ortodoxias del periodismo y muestra lo injusto que puede resultar la imparcialidad cuando se exhibe el odio y el desprecio hacia los inmigrantes, la xenofobia y el cinismo en la Europa civilizada de fin de la guerra fría.

Prosa contundente

Tan poderoso es el compromiso de Wallraff sobre las cuestiones que aborda en sus libros, que la fuerza de sus relatos no reside en esa primera persona ni en el detalle de sus disfraces. La fuerza de sus reportajes está en sus procedimientos y –para algunos estudiosos del periodismo5 – en la sobriedad de su estilo explicativo, sin concesiones estilísticas, en el rigor del relato con nombres de personas, lugares, fechas, dichos y hechos. Dentro de ese rigor, Wallraff consigue inaugurar sus relatos con potentes puestas en escenas:

El que se está contemplando en el espejo, ya no soy yo. Una cara como hecha a medida para hacer carrera, una de esas caras que siempre he detestado en los jóvenes ejecutivos.

Son éstas las primeras palabras del reportaje “Sobre el arte de los grandes titulares. Wallraff, alias Hans Esser, periodista en Bildo”, contenido en el libro El periodista indeseable. Del mismo modo, atractivo, abre Cabeza de turco:

Me he pasado diez años cosiderando la representación de este papel, acaso porque presentía lo que me aguardaba. Lisa y llanamente: tenía miedo.

La de Wallraff es una prosa contundente, franca que, sin embargo, se diluye en la elaboración rudimentaria con la que está hecha la composición de sus reportajes. Es ésta la opinión de Albert Chillón, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona. Dice Chillón:

Los reportajes de Wallraff toman rasgos a la vez propios del relato de experiencias y de la novela naturalista. Sus piezas se articulan siguiendo una secuencia relativamente sencilla: a los fragmentos narrativos, en que el periodista-actor relata comportamientos y situaciones, les siguen pasajes escénicos en los que muestra cuadros concretos y recrea diálogos con precisión. El punto de vista que suele emplear es el del narrador-protagonista, especialmente en los casos en que su inmersión en loshechos es inevitable; también, con frecuencia, utiliza la técnica del narrador-testigo, indicada para las situaciones a las que asiste en calidad de observador disfrazado.

Los procedimientos de trabajo y escritura de Günter Wallraff son un excelente ejemplo de fusión entre la actitud y las técnicas propias del periodismo de investigación y los recursos de composición y estilo acuñados por las tradiciones, netamente literarias, del relato de experiencias y la narrativa realista.6 

En un ambiente democrático en el que el acceso a la información esté abierto, las fuentes disponibles, los procedimientos aplicados por Wallraff resultarían inadecuados. Pero toda sociedad esconde diversas miserias que no son visibles porque quienes las sufren carecen de voz.

Ningún periodista tiene la obligación de ser un Wallrraf… a menos que el objetivo esté en proporcionar diversión y espectáculo porque se está convencido de que la noticia es como una mercancía. Las circunstancias de la vida, el propio bagaje y noción de la profesión indicarán si la exigencia para una aproximación a la realidad, a la verdad, implica una transformación del periodista en personaje o la utilización de la propia experiencia como hilo conductor del relato. Egon Erwin Kisch, periodista checo y reportero del periódico Bohemia (el más importante en lengua alemana de Praga), publicó alrededor de 1912 una serie de crónicas titulada “Correrías por Praga” sobre los ambientes ocultos de la ciudad y para ello se involucraba en los escenarios –tabernas y prostíbulos– como un personaje más.

Quien también ha reivindicado la participación del reportero en los hechos, que arriesga a pintarse a sí mismo a través de la elaboración personal de la experiencia vivida, es el periodista norteamericano Hunter S. Thompson que denominó a su ejercicio Periodismo Gonzo, con el cual proporcionó libros como La gran caza del tiburón, reportaje sobre las competencias de pesca en el caribe mexicano durante los años setenta del siglo XX.

Las actitudes y procedimientos de Thompson, y en general las formas de ese estilo llamado Nuevo Periodismo de Estados Unidos, son de hecho paralelos de los relatos de experiencias de Wallraff. Norman Mailer es ejemplar en el uso del narrador como protagonista de una historia en Los ejércitos de la noche y Truman Capote puso en práctica una atractiva maquinaria narrativa para relatar sucesos en apariencia insignificantes –contenidos en el libro Música para camaleones– como acompañar a una asistente doméstica durante una jornada de trabajo. Wallraff es persistente en el uso de la primera persona, pero sus aspiraciones están lejos de corresponder a un capricho literario; su propósito es meterse en los zapatos de sus personajes, usurpar funciones por una necesidad, por una obligación de la que está convencido.

En el periodismo estadunidense también pueden localizarse obras nutridas de actitudes y procedimientos que colocan al periodista como motor de las acciones. Entre los años de 1903 y 1910, un grupo de periodistas se aglutinó en torno al semanario Collier’s de N. Hapgood. Dedicados a revelar casos de corrupción en los centros de poder, esos periodistas se hicieron conocer como muckrakers, es decir: rastrilladores de estiércol, recolectores de basura, buscadores de porquería.

Wallraff podría ser un muckraker, aunque su rastreo es un acto de compromiso con la defensa de los débiles y con la denuncia de los opresores e hipócritas. Oculta su condición de escritor y periodista para sumergirse en las codiciones de trabajo de los inmigrantes a fin de conocer en carne propia la explotación; para sumergirse en la basura de la manipulación informativa, el autoritarismo gubernamental y de la iniciativa privada, la doble moral de la jerarquía eclesiástica y la militarización de la sociedad.

Cinco actos

En las posibilidades de teatralidad de la vida, la actuación de Wallraff resulta tan intensa y entregada que no sale ileso; utiliza en efecto la primera persona pero advierte el personaje entre paréntesis.10 Nunca pierde esa perspectiva del personaje.

Me envían al prescripto chequeo. Me sacan sangre para diversos análisis, lo mismo que orina, y a continuación me hacen un electrocardiograma y me someten (a mí, Alí) a mediciones y pesadas.11 

En otra experiencia relatada en Cabeza de turco, Wallraff cuenta cómo su personaje intenta conseguir que un sacerdote le proporcione el sacramento del bautismo:

Yo (Alí): Tengo compañeros en trabajo que estar bautizados pero que católicos no de veras son; ellos ríen porque yo creer en Cristo y hablo sobre libro de Cristo. Sin embargo, todos habemos un Dios.

El cura (sin dejarse apartar de la cuestión, con gran formalismo): Para bautizar a los adultos necesito, como dije, el consentimiento del arzobispo de Colonia, cardenal Höffner.12 

A Wallraff le interesa el punto de vista del extranjero en su país. Pero no entrevista a ese extranjero para luego reconstruir su vida. El reportero es infalible con esa verdad, con ese punto de vista: se mete en la piel de uno de ellos para experimentar en carne propia lo que vive por ejemplo un inmigrante del tercer mundo en la civilizada Alemania, para luego contarla y provocar una reacción –opinión pública– en la sociedad. El periodista no está inventando una realidad; precisamente porque la realidad sólo permite conocer su superficie, Wallraff genera una situación –su actuación– para mostrar una aproximación puntual de la realidad que de otra manera seguiría escondida. Si se trata de revelar los mecanismos de manipulación, Wallraff se ubica en una posición que le permita conocer con profundidad cuáles son los modos de operación de los centros de poder. De esa forma podrá advertirse que en la labor de Wallraff aparece un mismo hilo conductor: el proceso de elaboración del reportaje. En su prólogo a la edición en español de El periodista indeseable, Klaus Schuffels explica de manera gráfica ese proceso a través de cinco actos, a saber:

1) El actor prepara concienzudamente su papel; su documentación le familiariza con lo que le aguarda; ha previsto todo lo que debe permitirle el acceso a unos terrenos vedados al autor.

2) El actor entra en escena. Los lugares de la acción elegidos por el director tienen una característica común: aunque lo que se desarrolla en ellos es de interés general, los interesados carecen de acceso.

3) Después de haber abandonado su disfraz, el actor vuelve a convertirse en autor. Pasa a ser el portavoz de los que callan, de los que no pueden hablar cuando tendrían tanto que decir.

4) Los acontecimientos se precipitan. A través de anuncios en la prensa local, el actor confiesa su identidad al autor, promete a los informadores eventuales tanto el anonimato como, si se demuestran fidedignos, la publicación de los hechos. El director comienza a verse desbordado por las reacciones que provocan los primeros actos del espectáculo.

5) El actor corrige el reportaje inicial y lo reedita. Cabe deplorar entonces la ausencia de algunos fragmentos cuya publicación ha sido prohibida por los tribunales a petición de los querellantes; son sustituidos por los nuevos detalles o informaciones llegados después de la primera edición.

Con estas puestas en escenas de cinco actos, Wallraff desarrolla una labor informativa fundamentada en fuentes originales: su propia experiencia. Así lo explica él mismo:

Cuando trabajo y me expreso como periodista y escritor, jamás lo hago de oídas, de segunda mano; me dedico fundamentalmente a expresar lo que yo mismo he vivido, lo que yo mismo puedo testimoniar y lo que yo mismo puedo asegurar. Y, a fin de cuentas, el que vive y siente algo en su propia carne saca unas conclusiones mucho mas rápidas y mucho más decisivas que si solamente ha escuchado o leído algunas informaciones a este respecto.13 

En tal contexto, Wallraff cumple lo que se propone: mover la conciencia y la sensibilidad de la opinión pública. Cuando se encadenó a un farol de la plaza Sintagma de Atenas para denunciar el fascismo en Grecia, el personaje de Wallraff en cuestión fue golpeado por las autoridades y detenido por una junta militar. Así lo recuerda en su libro El periodista indeseable:

Con mi acción yo quería intentar “salir en primera página”, como se dice en la prensa, a fin de que se hable, se escriba de nuevo sobre Grecia y, a partir de ahí, se actúe también en contra de la dictadura griega.14 

Los reportajes de Wallraff provocaron determinadas reacciones en la opinión pública. De igual modo, sus relatos están apoyados por fotografías de sus actuaciones y notas, datos e informaciones de contexto que fortalecen la veracidad de los hechos que relata y reconstruye. En el reportaje “Sobre el arte de los grandes titulares”, escrito en 1977, Wallraff se concentra en conocer cómo el periódico Bild manipula, deforma y falsifica la realidad; analiza la publicación y muestra el cinismo de esa mentalidad editorial que visualiza a la información como mercancía. Se disfraza de un redactor, Hans Esser, que después de cuatro meses de habitar en su cuerpo comienza a ganar espacio en su personalidad. Todo en su entorno está seleccionado con vistas a ser utilizado de inmediato por el sensacionalismo del Bild:

Descubro hasta qué punto me absorbe el aparato del diario, me atrae su panel, me reblandece y me deforma. Es algo así como si quisiera escribir un reportaje sobre el uso abusivo de la droga y yo mismo me inyectara, sólo para saber de qué estoy hablando. ¿Salgo relativamente ileso de este trip? Por medidas de seguridad, reduzco de vez en cuando las dosis, tomo una baja de enfermedad por uno o varios días, voy a Colonia o a Hamburgo a casa de unos amigos a los que pongo al corriente de todo, aunque sepa que muchos de ellos transmiten a su vez esta confidencia bajo el sello del secreto. Incluso me siento cómodo con el riesgo (y me alegro una vez que muchos lo hayan sabido y que durante cuatro meses no se haya sabido nada por esta parte, o de que nadie me haya traicionado por el dinero o por su carrera).15 

Se levanta el telón

El trabajo de Wallraff es descubierto por esa realidad que se negaba a reconocerse. Se suscitan las reacciones que califican su actuación como un juego perverso y retorcido. Wallraff ha mentido para vencer a la mentira. Y la palabra es vencer porque en la noción de Wallraff el periodismo es un instrumento de solidaridad con los hombres. El periodista ha mentido en sus procedimientos pero no inventa realidades. Simula sí, una identidad: se disfraza. Pero su acción no propició la falsificación de la realidad que proyecta el Bild, sino que permite precisamente conocer la maquinaria falsificadora de la realidad que pone en marcha cada día el Bild.

Para Arcadi Espada, periodista de El País, autor de Raval –una obra sobre el tratamiento periodístico en un caso de pederastia– y constante pensador del funcionamiento de la prensa contemporánea, la suplantación de funciones del periodista con el propósito de conseguir informaciones incumple la primera regla del oficio: el periodismo retrata hechos, y no ficciones.

El periodista disfrazado me parece el recurso a una ficción intolerable, una manera de construir una realidad, es decir, de elaborar una ficción. La única conclusión que se puede sacar de estos experimentos es que un periodista falsificado ha logrado engañar a sus interlocutores. Generalizar o metaforizar es un procedimiento siempre discutible, tratándose del periodismo. Pero generalizar a partir de una falsedad, no sé, ya me parece, demasiado.16 

El periodista está condicionado por las circunstancias y por su biografía y su preparación. Nadie, en efecto, está obligado a convertirse en Wallraff y sobre ello reflexiona la profesora María Jesús Casals Carro:

Wallraff ha sido quizá un personaje irrepetible por lo heroico de sus acciones y por su generosidad sin límites que le llevó a prescindir hasta de tener vida propia. Durante más de 25 años fue capaz de tronsformarse –no de disfrazarse, he ahí el matiz– en diferentes personalidades para introducirse en lugares y situaciones que de otro modo no hubiera sido posible. Vivía estas experiencias hasta el más profundo de los fondos, por muy duras que fuesen y por largo tiempo, incluso años.17 

El periodista tampoco es un agente pasivo. Siente y piensa. Se expresa. Incluso con la tensión de la objetividad y la neutralidad registra la realidad y la va creando cuando la realidad está oculta, desconocida. Los métodos de Wallraff podrán resultar poco ortodoxos desde un punto de vista deontológico, pero no ilegítimos. La vida en la Alemania antes de la caída del muro de Berlín impuso condiciones de nulo acceso a las fuentes de información. ¿El interés público de una información justifica el uso de medios dudosos? No hay nada que lo determine. Es inexistente una normativa al respecto, excepto los criterios éticos y los valores morales de los periodistas y de los propios medios de comunicación. Lo fundamental es supeditarse a los hechos y a las circunstancias. No mentir, no inventar. No crear una realidad ni alterar la existente. No volver espectáculo la información ni frivolizar los esfuerzos. Preguntar. Contextualizar. En eso, en eso, Wallraff es ejemplar.

Notas

1) Wallraff, Günte Cabeza de turco, Barcelona, Anagrama, 1987, p. 12.

2) Sierra, Julio, “Entrevista a Günter Wallraff”, Madrid, El País. 25 de abril de 1979. Pág.34.

3) Wallraff, Günter, El periodista indeseable, Barcelona, Anagrama. 1979. Pág. 87.

4) En Cabeza de turco, Wallraffinforma (página 7) que una parte importante de los beneficios de la venta del libro pasaron a disposición de un fondo de solidaridad con el propósito de financiar servicios gratuitos de asesoría y asistencia jurídica para los extranjeros en Alemania.

5) La profesora María Jesús Casals Carro publicó en el número 7 (2001) de la revista anual Estudios sobre el Mensaje Periodístico, del Departamento I de Periodismo de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, un ensayo titulado “La narrativa periodística o la retórica de la realidad construida” en el que revisa relatos periodísticos con el propósito de identificar cambios en la narrativa y las influencias del cine y de la literatura. El trabajo de Günter Wallraff está incluido en este estudio de la profesora Casals Carro.

6) Chillón, Albert, Literatura y Periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas, Universidad Autónoma de Barcelona, Servicio de Publicaciones, p. 317.

7) Cuando alguien hace historia por su actuación valiente, original o brillante, suele dejar tras de sí una estela que aprovechan oportunistas para justificar sus pretensiones. La profesora María Jesús Casal Carro, en su estudio citado, señala que en el periodismo son frecuentes los imitadores como Günter Wallraff y para ello analiza un ejemplo de seudo-reportaje al respecto, publicado en la sección “Domingo” del diario El País el 25 de febrero de 2001, y titulado “En Barcelona, con chilaba” por Empar Moliner.

8) La Editorial Minúscula de Barcelona publicó en 2002 esa recopilación de textos de Egon Erwin Kisch con el titulo De calles y noches de Praga.

9) Bernal, Sebastiá y Chillón, Albert, Periodismo informativo de creación, Barcelona, 1985 Ed. Mitre, p. 72.

10) Para demostrar que los puestos de trabajo más perjudiciales para la salud se los dan preferentemente a los turcos, Wallraff consiguió, transformado en un trabajador turco con el nombre de Alí y que documenta en Cabeza de turco, página 138; un puesto de trabajo en una fábrica de elaboración del amianto, revestimiento para frenos. Después de seis meses realizando sus tareas de obrero, el personaje Alí y el actor que le da vida, Wallraff, se declaran con los bronquios dañados: … y cada vez que escupo tras un acceso de tos, la saliva sigue siendo negra.

11) Wallraff, Gúnter, Cabeza de turco, Barcelona, Anagrama, 1985, p. 145.

12) Op.cit. Pág. 55.

13) Wallraff, Günter, El periodista indeseable, Barcelona, Anagrama, 1979, p. 228.

14) Op. Cit. Pág. 229

15) Op. Cit. Págs. 222-223.

16) Gubern, Román y Espada, Arcadi, “Debate sobre los medios de comunicación”. Suplmento Domingo. El País. Págs. 13, 14. 7 de abril de 2002.

17) Casals Carro, María Jesús, “La narrativa periodística o la retórica de la realidad construida”, en Estudios sobre el Mensaje Periodístico, Núm. 7. Madrid 2001, Servicio de publicaciones de la Universidad Complutense, p. 215.

 

 

 

 

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