Por José Garza

Uno de los retos del periodismo, ante la encrucijada del final del siglo y la necesidad de conquistar el espacio interior de cada hombre que ha de generar nuevas formas de conciencia y libertad, está en retomar una actitud más personal de la profesión periodística y la dimensión narrativa de la información. Si el periodismo quiere dar cuenta de las acciones humanas, sólo podrá hacerlo de manera narrativa puesto que, de hecho, la información periodística es narrativa, narrativa próxima a la narración histórica y distinta de la ficción.

 

El relato, como recurso para informar y contar hechos e ideas que acontecen en la realidad, es el instrumento con el que se aplica por excelencia la narrativa periodística en sus diversas modalidades, estilos y clasificaciones: noticia, artículo literario, crónica, entrevista y reportaje.

Es precisamente en el reportaje, como género estelar del periodismo, donde el relato registra todas sus consecuencias. Existen en la prensa excelentes reportajes, y también seudoreportajes que aparecen como engaños inadmisibles, producto del periodismo de investigación como advierte la profesora María Jesús Casals Carro:

El problema no está en la oposición entre periodismo y literatura sino en el concepto de la profesión periodística. La diferencia entre un buen reportaje y un falso reportaje marca fronteras entre el periodismo y el espectáculo. O entre el periodismo y la utilización del periodismo como arma ideológica. La transgresión literaria puede admitirse en ocasiones, pero la transgresión de los géneros periodísticos (ética periodística) anula el sentido del periodismo.1 

En periodismo es posible y necesaria una acentuación de la literaturización de la narración periodística, pero sin perder el rigor con el que deben aplicarse, con implacabilidad, las reglas del juego de la profesión periodística que pueden resumirse en la búsqueda de la precisión, la veracidad y evitar la mentira como método de aproximación a la vida.

¿De qué manera se concibe y se define al periodismo como para asumir la dimensión del periodista como escritor y las posibilidades narrativas de los géneros periodísticos? Según nuestra propia experiencia, y las referencias que al respecto asumimos, el periodismo es una actividad en vías de profesionalización al servicio del bien y la verdad, que corresponde a un conjunto de técnicas de investigación y de redacción narrativa para recopilar y elaborar información que interpreta y juzga la realidad, que tiene como materia prima los hechos y las ideas de interés colectivos, seleccionados y valorados en la medida de generar un modo de conocimiento.

El periodismo puede considerarse un método de interpretación sucesiva de la realidad social, afirma el catedrático Lorenzo Gomis en su libro Teoría del periodismo. Cómo se forma el presente. Con la función básica de determinar contenidos, lo que exige una preparación técnica de base científica, una mentalidad deontológica y una responsabilidad social, el periodismo es, según la teoría del profesor Enrique de Aguinaga2, un sistema de clasificación de la realidad constituida por los hechos y las opiniones seleccionadas y valorados en virtud de los factores de interés y de importancia; el periodismo no como estilo y sí como sistema cuya finalidad no es la información sino la organización de la información para convertirla en conocimiento; el periodista es fundamentalmente un determinador de contenidos, postula el citado profesor.

Dedicado durante más de cuarenta años a recoger y elaborar información, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski piensa de manera distinta: que uno de los objetivos del periodismo es dar testimonio del mundo y mostrar los muchos peligros y esperanzas que encierra. Así es. El periodismo es una búsqueda honesta de los quehaceres y problemas humanos, y la escritura de lo encontrado con recursos narrativos, claros y sencillos, pero personalizados, creativos y emotivos.

El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad, define Gabriel García Márquez.3  El periodismo nació para contar historias y parte de ese impulso inicial que era su razón de ser y su fundamento sí se ha perdido pero no desaparecido, como lo precisa el periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez:

Dar una noticia y contar una historia no son sentencias tan ajenas como podría parecer a primer vista. Por lo contrario: en la mayoría de los casos son dos movimientos de una misma sinfonía. Los primeros grandes narradores fueron, también, grandes periodistas. Entendemos mucho mejor cómo fue la peste que asoló Florencia en 1347 a través del Decamerón de Boccaccio que leyendo todos los documentos de esa época. Y, a la vez, no hay mejor informe sobre la educación en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX que la magistral y caudalosa Nicholas Nickleby de Charles Dickens. La lección de Boccaccio y la de Dickens, como las de Daniel Defoe, Balzac y Proust, pretende algo muy simple: demostrar que la realidad no nos pasa delante de los ojos como una naturaleza muerta sino como un relato, en el que hay diálogos, enfermedades, amores, además de estadísticas y discursos.4 

Sin embargo, la revolución tecnológica que multiplica los medios, la información asumida como mercancía y la proliferación de escuelas masificadas han derrumbado las ideas románticas –si así se quieren ver– que animaron a la actividad y han cambiado la concepción de la profesión de tal forma que hoy en día no pocos profetizan la muerte del periodismo y la supresión del papel como soporte.

Profesión perenne

El periodismo jamás desaparecerá como expresión que registra el quehacer humano; los medios sustraen instrumentos y soportes para el ejercicio y la difusión del trabajo periodístico e incorporan nuevos recursos para la recopilación, la elaboración y la transmisión de la información: solamente se cambió, por ejemplo, la maquinita Olivetti que utilizábamos a finales de los años ochenta en la redacción de El Nacional por el ordenador portátil Acer Extensa 368D que a finales de los noventa cargábamos como colaboradores de La Jornada en Madrid.

Estoy convencido de que las circunstancias provocarán una nueva definición y dimensión del ejercicio periodístico que, a nuestro juicio, debe sobrevenir en una especie de arte literario más acentuado, lo que por otra parte provocará que la literatura experimente un proceso más profundo de transformación gracias al periodismo.

Por eso pienso que esta profesión no desaparecerá. No hay duda, sin embargo, de que tendrá que adecuarse la difusión de la información a una nueva exigencia tecnológica, pero el modo de hacer periodismo puro y duro será el mismo siempre y cuando se ajuste a los principios deontológicos elementales; siempre y cuando la recolección de la información, por ejemplo, implique asistir al estudio de un pintor para mirarle sus ojos y descubrir sus esperanzas y ambiciones a través de preguntas y respuestas y no conformarse con una llamada telefónica o un cuestionario por correo electrónico; y cuando la elaboración de la información implique la exigencia de darle al texto precisión y humanidad, describiendo ambientes, caracteres, formas…

Este es el futuro, afirma Manuel Rivas en El periodismo es un cuento: sea un titular un poema, un reportaje un cuento o una columna un fulgurante ensayo filosófico. Creerlo así es lo único que nos queda como jóvenes periodistas que pensamos que el periodismo es una misión y una carrera anhelada; una actividad que se hace con la convicción de que uno se identifica con la profesión que, por otra parte, ha ligado a su vida y sueños, esperanzas y ambiciones. El periodismo no es, para nosotros, una ocupación más que en cualquier momento puede abandonarse para dedicarse a otra. El periodismo tampoco es la lucha por la noticia de primera plana que provoca que el periodista grite y se desespere y se coma las uñas porque nadie puede ganarle alguna primicia.

En este sentido preferimos navegar a contracorriente: alejarnos con prudencia de las exclusivas, las competencias, las primicias y las notas de la primera plana. Creemos en lo que hacemos, de tal modo que invertimos la pirámide para intentar hacer un reportaje como si el lector hubiera estado ahí, sin importar que la noticia se haya olvidado, puesto que cuando el lector se encuentre con el final de la historia se acordará del principio y la insertará en su concepto de lo real.

Creemos fielmente en lo que dice García Márquez: que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. También en lo que dice el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez:

Tengo la plena certeza de que el periodismo que haremos en el siglo XXI será mejor del que hacemos ahora y, por supuesto, aun mejor del que nuestros padres fundadores hacían a finales del siglo XIX. Indagar, investigar, preguntar e informar son los grandes desafíos de siempre. Ahora mismo está surgiendo en el continente una nueva forma de la literatura que es, a la vez, la misma forma del periodismo de siempre. Jóvenes a menudo marginados, criados entre los sicarios de Medellín, en los cerros de Caracas y en los suburbios de México, así como refinados universitarios de México, Buenos Aires y San Pablo, están interpretando y rescribiendo la voz más honda de sus comunidades y, a la vez, enriqueciendo la literatura con recursos nuevos.5 

No se puede pensar en el ocaso del periodismo ni que dejará de existir el papel como soporte de los periódicos. Ya lo reflexiona también el periodista británico David Randall:

Sean cuales sean nuestras predicciones sobre el futuro, el de los buenos periodistas será más brillante que el de muchas personas que auguran nuestra desaparición. La información se podrá transmitir sobre papel, a través de ondas, mediante cables de fibra óptica, vía satélite o por telepatía, pero, en todo caso, alguien tendrá que filtrarla, investigarla, comprobarla, cuestionarla y presentar unos resultados tan dignos de confianza como sean posibles. ¿Y quién se encargará de esas tareas? ¿El tecnólogo universal, el burócrata universal, el estudioso de los medios universal, el político universal, el hombre de negocios universal? ¿O el periodista universal?6 

Acepto el hecho de que la revolución tecnológica provocará una nueva definición periodística, y que también está en entredicho la propia identidad de esta técnica de trabajo social llamada periodismo. Pero concebir al periodista como un escritor no viene a sumarse a esta ola de ofuscaciones en torno a la identidad del periodista ni mucho menos a reiterar la confusión del periodismo con la literatura. Por el contrario, concebir al periodista como escritor obedece a una actitud consecuente con la profesión tal y como la asumo.

Y es que finalmente lo que está en crisis no es el periodismo sino el hecho de que los periódicos están fundamentados en empresas; hay que tener muy claro que los intereses del periodismo no son los del mercado sino los del hombre mismo: informarlo y sensibilizarlo; son las empresas periodísticas que al mercantilizar la información dejan de hacer periodismo propiamente dicho.

Los periódicos, muchos de ellos, son empresas de servicios informativos que si bien reclaman y defienden el derecho a la libertad de expresión desdeñan el ejercicio de una profesión al considerar periodista a quien emplean y no a quien es licenciado en la materia. Por eso hay que entender que si se hace periodismo es porque se es periodista y no porque se trabaja en o para una empresa.

El valor de la información ha dejado de estar asociado a procesos como la búsqueda de la verdad; ahora la información esta supeditada a las leyes del mercado: conseguir una rentabilidad máxima y mantener el monopolio, dice Ryszard Kapuscinski. Los románticos buscadores de la verdad que antes dirigían los medios han sido desplazados por hombres de negocios. Del mismo modo piensa el famoso periodista norteamericano Walter Cronkite, quien escribe en su Memorias de un reportero (El País-Aguilar, 1997) que es un sarcasmo que se le exija al periodismo que sea rentable como cualquier otra inversión en la bolsa, cuando corresponde a un servicio público esencial para el feliz funcionamiento de las democracias.

El periodista

como un escritor

Se trata de una concepción del periodismo, y específicamente de la escritura informativa de creación, que está presente en la obra de periodistas como Oriana Fallaci, Tom Wolfe, Truman Capote, y Norman Mailer, así como de autores españoles como Manuel Vicent, Manuel Rivas y Rosa Montero, y de mexicanos como Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Cristina Pacheco y Vicente Leñero, entre otros tantos reporteros con estilos muy personalizados de escritura periodística que permiten despertar nuevas sensibilidades en el lector.

El periodista es un escritor, dice Manuel Rivas en El periodismo es un cuento, trabaja con palabras; busca comunicar una historia y lo hace con una voluntad de estilo. Aunque desde el siglo XIX el periodismo se nutrió de un decoro literario con obras de cronistas como los mexicanos Manuel Payno, Ignacio M. Altamirano y Guillermo Prieto, y con espléndidos reportajes que a medida que avanzaba la centuria reciente entregaron personajes como el francés Albert Londres (El camino de Buenos Aires), el estadounidense John Reed (México insurgente y Diez días que estremecieron el mundo), el ruso Ilya Ehrenburg (Corresponsal en España) y el colombiano Gabriel García Márquez (Relato de un náufrago); desde un punto de vista formal, una influencia muy renovadora resultó el nuevo periodismo norteamericano que apareció durante los años sesenta y setenta con la peculiaridad de introducir recursos novelísticos en las técnicas periodísticas.

Los trabajos de Mailer, Wolfe, Thompson, Southern y Talese revivieron el interés en los géneros periodísticos, agregándoles diversidad de técnicas, la intromisión del Yo o de la moda, el culto por la “pequeña historia”, el afán por documentar narrativamente los nuevos estilos de vida, la persecución de los personajes y las figuras arquetípicas.

No obstante, a pesar de que el llamado New Journalism haya sido desplazado por el reportaje de investigación a lo Watergate y por un estimulante desarrollo político y técnico del periodismo, no se puede negar que ha dejado una herencia de modo perdurable en cuanto a actitudes y procedimientos. Así explica todo esto el cronista mexicano Carlos Monsiváis en el prólogo de su libro A ustedes les consta.

Por ello, la realidad actual sugiere retomar el espíritu del nuevo periodismo y de la novela realista o de no-ficción al estilo de Truman Capote, así como ciertos principios del viejo periodismo enseñado por Londres, Reed, Ehrenburg o García Márquez (que pusieron en marcha los recursos y los procedimientos del Nuevo Periodismo mucho antes de que Tom Wolfe conceptualizara al respecto y le diera forma en una antología publicada a principios de los años setenta del siglo pasado).

No se trata de una propuesta retrógrada ni mucho menos declarar la guerra a la narrativa de ficción, sino tomar una actitud consecuente. El escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez confirma esta visión y nos ofrece una explicación documentada y decisiva al respecto:

Las semillas de lo que hoy se entiende en el mundo entero por Nuevo Periodismo fueron arrojadas aquí, en América Latina, hace un siglo exacto. A partir de las lecciones aprendidas en The Sun, el diario de Charles Danah que tenía en Nueva York y que se proponía presentar, con el mejor lenguaje posible, “una fotografía diaria de las cosas del mundo”, maestros del idioma castellano como José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera y Rubén Darío se lanzaron a la tarea de retratar la realidad. Darío escribía en La Nación de Buenos Aires, Gutiérrez Nájera en El Nacional de México, Martí en La Nación y La Opinión Nacional de Caracas. Todos obedecían, en mayor o menos grado, a las consignas de Danah y las que, hacia la misma época, establecía Joseph Pulitzer: sabían cuándo un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal era más importante que una crisis en los Balcanes, y usaban sus asombrosas plumas pensando en el lector antes que en nadie.7 

Es ésta una convocatoria que insiste no tanto en buscar formas estilísticamente audaces (pero sí se logran, ¡qué mejor!) sino en un periodismo genuino, personal. Ese es precisamente el valor de los viejos y de los nuevos periodistas, tanto de Ehrenburg o García Márquez como de Wolfe o Thompson.

De lo que se trata, en esencia, es de reivindicar y potencializar el trabajo periodístico con todas sus consecuencias y con las reglas del periodismo privilegiadas. El mismo Tom Wolfe así lo explica en una El Nuevo Periodismo:

Las profesionales de la literatura no captaron este aspecto del Nuevo Periodismo, a causa del supuesto inconsciente por parte de la crítica moderna de que la materia prima está sencillamente “ahí”. Es lo que está “dado”. La idea es: Dato tal y cual cuerpo de la materia, ¿qué ha hecho el artista con él? El papel crucial que ese trabajo de reportero juega en cualquier tipo de narración, ya sea en novelas, películas o ensayos, es algo que no es que haya sido ignorado, sino sencillamente que no se ha comprendido. La noción moderna del arte es una esencialmente religiosa o mágica, según la cual se considera al artista como una bestia sagrada que, de algún modo, grande o pequeño, recibe fogonazos provenientes de la cabeza del dios, proceso que se denomina creatividad. El material es meramente su arcilla, su paleta… Hasta la obvia relación entre la crónica y las grandes novelas –basta con pensar en Balzac, Dickens, Gogol, Tolstoi, Dostoyevsky y, de hecho, Joyce– es algo que los historiadores literarios han considerado únicamente en un sentido biográfico. Le ha tocado al Nuevo Periodismo llevar esta extraña cuestión de la crónica a primer plano.

Uno de los retos del periodismo, ante la encrucijada del final del siglo y la necesidad de conquistar el espacio interior de cada hombre que ha de generar nuevas formas de conciencia y libertad, está en retomar una actitud más personal de la profesión periodística y la dimensión narrativa de la información. Si el periodismo quiere dar cuenta de las acciones humanas, sólo podrá hacerlo de manera narrativa puesto que, de hecho, la información periodística es narrativa, narrativa próxima a la narración histórica y distinta de la ficción.

Notas

1) Casals Carro, María Jesús (2001): “La narrativa periodística o la retórica de la realidad construida”. En Estudios sobre el mensaje periodístico. Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense, Nº.7, pp. 195-219.

2) Para la aprobación del Master de Periodismo y Prensa de Calidad de la Universidad Complutense y el periódico ABC, realicé una memoria en la que recogí las lecciones de los profesores del curso, como Enrique de Aguinaga. Esa memoria la publiqué como libro, Cuaderno de reportero. Contextos y experiencias en torno al periodismo y sus fronteras. 1999, Monterrey, México, Editora González

3) García Márquez, Gabriel. El mejor oficio del mundo. Conferencia, 7 de octubre de 1996.

4) Martínez, Tomás Eloy (2001): El periodismo y la narración. México. Revista Cambio. 23 de diciembre, pp. 66-72.

5) Martínez, Tomás Eloy. Op.cit. Págs. 66-72.Un ejemplo de esa nueva forma periodístico-literaria que está surgiendo en América Latina, a propósito de la observación de Martínez, es el texto ganador del primer premio Nuevo Periodismo convocado durante 2001 por la Fundación Iberoamericana para un Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias, Colombia. Se trata de un reportaje titulado “Un río en busca de un país” elaborado por Claudio Cerri para la revista Globo Rural. El reportaje, sobre la situación del río San Francisco de Brasil, escrito con precisión informativa y decoro narrativo, puede consultarse en su versión original en portugués en la dirección electrónica: globorural.glo bo.com.

6) Randall, David (1999): El periodista universal. Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores.

7) Martínez, Tomás Eloy. Op.cit. Pág.70.

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