Por Maricarmen Fernández Chapou

 

Desde que Truman Capote escribiera su legendaria A sangre fría, que rompía las fronteras entre la ficción y la realidad, entre el reportaje y la novela, un grupo de jóvenes periodistas estadunidenses comenzaron a aplicar en sus trabajos recursos narrativos asimilados tradicionalmente a la literatura de ficción, con la finalidad de otorgarle a los textos periodísticos una calidad estilística y narrativa que estaban perdiendo, ante el predominio del modelo objetivo del periodismo norteamericano.
Era una novedosa forma de acercarse al rico material que el contexto de los años sesenta, los de la contracultura, les ofrecía. Pero, además, esta nueva tendencia, denominada
nuevo periodismo, en las antípodas del periodismo convencional, recuperaba los viejos preceptos del buen periodismo de siempre: investigación, denuncia, compromiso ético, pluralidad de voces y de contenidos.

El periodismo de investigación y denuncia, heredero de los trabajos que ciertos periodistas críticos, los muckrakers, realizaron a principios del siglo XX; la prensa underground, que atendía las necesidades de los marginados del sistema que la prensa convencional ignoraba, al igual que la novela de no-ficción, que llevaba la realidad al campo de la ficción, fueron las semillas de este nuevo movimiento que se gestaba desde el periodismo y para el periodismo. Una corriente que se fundía con la literatura pero que iba mucho más allá, hacia una actitud renovadora, creativa y comprometida que, al menos por aquellos días, revolucionó la profesión de los literatos menores: los periodistas.

Numerosos reportajes, con sus revelaciones y denuncias, hicieron temblar al poder. Los periodistas se convirtieron en actores sociales que participaban de los mismos hechos que narraban, involucrándose en las profundidades de los mundos y los personajes que daban vida a sus textos. Era un periodismo arriesgado y comprometido que, gracias a su valor literario, generó numerosas obras que trascendieron como libros que hoy en día aún tienen actualidad. Muchas veces, la historia de cómo fueron concebidas son tan excitantes como las propias historias que cuentan, y la forma en que muchas de ellas cambiaron el curso de los acontecimientos, tan sorprendentes como éstos mismos.

Y es que el periodismo, según sus rebeldes hacedores, no era sólo un oficio al servicio de otros, generalmente los dueños de los medios o las instituciones oficiales, sino una profesión al servicio de la sociedad que, sin tapujos, llegaba hasta donde tuviera que llegar en honor a la verdad. Escribir bien, tan extenso como fuera necesario, tan vívido como el hecho lo ameritara, tan profundo y tan honesto, comprometido con las causas de sus lectores y ameno, era la regla de oro de los nuevos periodistas.

Pasados los años y bien entrados los ochenta, las agitadas aguas de la contracultura se calmaron, y los mejores días del nuevo periodismo quedaron atrás. No obstante, éste sembró las semillas de nuevos esfuerzos, propuestas y tendencias que trascendieron dicho contexto, permaneciendo como prototipo de un mejor periodismo.


Impacto de la no-ficción


Todo comenzó cuando Truman Capote escribió su reportaje novelado
A sangre fría. La obra, publicada de forma seriada en The New Yorker en 1965, fue iniciadora del género de no-ficción, pues el autor, haciendo uso de su mirada periodística a la vez que de sus dotes literarias, llevaría a cabo la reconstrucción minuciosa de un caso real, aparecido entre las notas diarias de la sección policíaca del periódico, utilizando recursos de la ficción, para darlos a conocer como si se tratase de la trama de una novela.

Subtitulado como Relato verdadero de un asesinato múltiple y de sus consecuencias, el reportaje, de tema más que nada periodístico, se centra en el asesinato sin móvil aparente de la familia Clutter, unos granjeros de Holcomb, Kansas, cometido en 1959 por Eugene Hickock y Perry Smith. El caso fue cuidadosamente cronicado por Capote, luego de una profunda investigación de campo, un análisis detallado de los registros oficiales y largas entrevistas con los involucrados.

Para tal fin, el autor se trasladó a vivir una larga temporada a Kansas y no sólo visitó el lugar y recogió el material ambiental necesario, sino que además siguió la vida en prisión de los asesinos hasta que fueron ejecutados, al cabo de cinco años. La obra fue, ante todo, ejemplo de un periodismo de investigación profundo. Y logró, como sostiene Michael L. Johnson, “conferir verdad profunda y misterio a un hecho real que sin él hubiera llegado al público fragmentado y parcializado”. Una verdad que, como diría Weber, si bien permanece fiel a los hechos documentados, “es la verdad de la literatura, aquella conciencia de ser transportado a un mundo dotado de significado y coherencia interna”.1

De hecho, Capote aseguró que no escogió este tema porque le interesara mucho:

Fue porque quería escribir lo que yo denominaba una novela real, un libro que se leyera exactamente igual que una novela, sólo que cada palabra de él fuera rigurosamente cierta.2

Aún más: el autor ha asegurado que con A sangre fría “quería realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía”.3 Pero más allá de las expectativas, lo cierto es que logró transformar literariamente un suceso al grado de convertirlo en una historia que, a pesar del paso de los años y la distancia con los hechos, sigue siendo considerada más que nada una obra literaria.

Pero para los novelistas resultó preocupante que a partir de A sangre fría los integrantes del mundo literario empezaran a hablar de la no-ficción como una forma literaria seria. El propio Capote, previéndolo, no calificó su obra de periodística, sino que afirmó que había inventado un nuevo género literario. A pesar de eso, su éxito dio al nuevo periodismo un gran impulso, pues como diría uno de sus principales representantes, Tom Wolfe:

Si un estilo literario nuevo podía nacer del periodismo, resultaba entonces razonable que el periodismo pudiese aspirar a algo más que una simple emulación de esos envejecidos gigantes: los novelistas.4

Los periodistas comenzaron a aplicar en su trabajo las técnicas y procedimientos de la ficción. El nuevo periodismo creció como una epidemia: fue adoptado por la mayoría de los periódicos underground que proliferaron en aquella época, por grandes escritores, por algunos periodistas y medios tradicionales que poco a poco se fueron abriendo a estas nuevas posibilidades. Hacia 1969, como apunta Wolfe, prácticamente no existía nadie en el mundo literario que se permitiese desechar llanamente al nuevo periodismo como un género literario inferior.


Estrategias de los nuevos periodistas


El estilo
novoperiodístico se distingue principalmente por la importancia prioritaria que el periodista otorga a la forma que elige para transmitir la noticia. Frente al estilo farragoso del periodismo convencional y sus textos grises y monótonos, tal corriente sorprendía al lector y lo involucraba en la recreación del acontecimiento. Entre otras cosas, se consideraba al lector como un receptor activo, y no pasivo, de la historia. La única regla es recuperar su atención, contra el cansancio de leer en los diarios textos fragmentados y carentes de significado. De ahí que nuevos periodistas como Wolfe jugaran tanto con la mezcla de géneros o las voces narrativas o los artificios en sus textos.

En ese sentido, sus experimentos, como el del narrador insolente, resultaron sumamente interesantes. Si el periodista, para ser más efectivo, quería saltar del punto de vista en tercera persona a otro en primera dentro de la misma escena, o dentro y fuera del punto de vista de diferentes personajes, o incluso de la voz omnisciente del narrador al monólogo interior de un personaje, lo hacía.

El maestro del nuevo periodismo creó, asimismo, una serie de procedimientos estilísticos relacionados con la línea narrativa, los diálogos y los detalles ambientales, los cuales se resumen en lo siguiente:

a) Punto de vista en la tercera persona: Wolfe llama así al punto de vista en donde el autor desaparece del texto para dejar hablar sólo al protagonista, de tal forma que se presente al lector cada escena a través de los ojos del personaje particular, para dar la sensación de estar metido en su piel y experimentar lo mismo que él. Se trata en realidad de que el personaje hable por él mismo, en su propia voz, como si fuera quien cuenta, y no el periodista.

b) Construcción escena-por-escena: Reconstruir el escenario y describir las acciones y personajes; contar la historia saltando de una escena a otra y recurrir lo menos posible a la mera narración histórica.

c) Diálogo realista: Reproducir textualmente las palabras del personaje, con sus interjecciones, redundancias, entonaciones y modismos de lenguaje, con el fin de retratar mejor a los personajes. Wolfe se valía incluso de la utilización de los signos de puntuación de manera especial para reforzar las frases; son frecuentes las admiraciones y exclamaciones, así como el uso, hasta cierto punto excesivo, de guiones, paréntesis, mayúsculas y puntos suspensivos.

d) Descripción significativa: Relación de gestos cotidianos, hábitos, modales, costumbres, estilos de mobiliario, de vestir, de decoración, estilos de viajar, de comer, de llevar la casa, modos de comportamiento frente a niños, criados, superiores, inferiores, iguales, además de las diversas apariencias, miradas, pases, estilos de andar y otros detalles simbólicos que puedan existir en el interior de una escena, simbólicos del estatus de vida de las personas, es decir, el esquema completo de comportamiento y bienes a través del cual las personas expresan su posición en el mundo.5

Y además de los que introdujo Wolfe, existen otros recursos que también son utilizados por algunos nuevos periodistas en sus obras y que son de gran utilidad:6

e) Caracterización compuesta: Utilizar un personaje ficticio como prototipo de una serie de personajes reales. Esta técnica tiene la eventual desventaja de diluir aún más la línea entre periodismo y ficción; sin embargo, es un recurso útil cuando el autor quiere preservar la verdadera identidad de las personas involucradas en el artículo o reportaje, sobre todo si éste trata de asuntos delicados como ha sido el caso de textos acerca de la prostitución o la violencia, como The panic in needle park, de James Mills; la drogadicción, como The Jimmy’s world, de Janet Cook, o la guerra, como Joe is home now, de John Hersey.7

Asimismo, tal técnica ha sido utilizada con éxito por columnistas como James Breslin, quien se caricaturizó a sí mismo en su personaje Jimmy Breslin, un irlandés enteramente enfadado con el mundo, amante del alcohol, la buena comida y el tabaco que vive aventuras con un grupo de amigos prototípicos, que retratan con humor e ironía aspectos de la sociedad en la que están inmersos.

f) Nuevo lenguaje periodístico: El lenguaje periodístico desiste de crear una apariencia de orden y seguridad para sumergirse en una percepción personal, emotiva y caótica del mundo. Por ejemplo, James Breslin utiliza su propia forma cotidiana de hablar para escribir sus artículos; Tom Wolfe adopta el habla de sus personajes dejando traslucir sus manías y su forma peculiar de expresarse. Se trata de escribir tal como los personajes hablan, piensan o sienten, o, en su defecto, como el propio autor es capaz de contar lo que ve y siente según su estado de ánimo ante los hechos.

g) Metaperiodismo: El nuevo periodismo habla con frecuencia de su propia elaboración, con el fin de disipar las dudas acerca de la veracidad o credibilidad del artículo o reportaje, y con ello, también, sobre la honestidad del autor. Generalmente es un periodismo en primera persona, en que el autor explica cómo tuvo acceso al material presentado y refleja la propia percepción de los sucesos. Esto tiene que ver con la reivindicación de la subjetividad como vía para llegar a la verdad de las cosas, la cual parte de la premisa de que no hay realidad única sino tantas realidades como testigos tenga; por lo tanto, es importante saber a través de quién la percibimos y las circunstancias en las que el autor las vivió. Asimismo, en el metaperiodismo el lector, los personajes y el narrador parecen sumidos en un mismo proceso de comprensión –y casi nunca valoración– de su entorno. La obra en sí misma cobra una importancia tan real como la del acontecimiento. Se requiere, por tanto, que el lector participe de éste pero también de la obra, es decir, que se sumerja en dos realidades distintas, pero paralelas y complementarias: la del acontecimiento y la de su relato.

h) Imágenes: El nuevo periodismo utiliza la fuerza de la imagen, el impacto visual, para crear un acercamiento emocional, casi instintivo, más que intelectual, a un mundo cada vez más complejo. Las exclamaciones, las repeticiones interminables de palabras, el uso de términos sin significado literal dentro de un contexto, los dibujos y caricaturas propios o ajenos, apelan constantemente al mundo sensorial del lector.

Finalmente, se podrían agregar a esta enumeración otras estrategias novoperiodísticas, a saber: la convención dramática, consistente no sólo en captar los hechos desnudos, sino también la manera como sucedían; los retratos y semblanzas, productos de un laborioso trabajo de observación, que abarcan el perfil psicológico, fisonómico y biográfico del personaje; y el estilo indirecto libre, que hace posible “conjugar sin estridencias la narración externa de las acciones con la exposición escénica de sus pensamientos, sensaciones y sentimientos”.8

Esta última técnica, quizá una de las más difíciles de lograr, suele ser una de las más efectivas, pues enriquece con frecuencia, tanto en cantidad como en calidad, la información que el autor ofrece al lector. Además, tiene la ventaja de aminorar las suspicacias que el discurso directo interior, al estilo Wolfe, levantaba, y todavía levanta, entre los defensores de la ortodoxia periodística.9

En suma: el nuevo periodismo descodifica todo posible proceso de comprender la realidad. De modo que la monótona realidad cotidiana es vista con los ojos nuevos de un observador sin prejuicios que va descubriendo aspectos muchas veces absurdos, a veces incluso terroríficos y, por supuesto, insospechados para un observador tradicional anclado en una perspectiva tan falsa como arcaica.

Este periodismo no pretende ser objetivo (¿qué periodismo lo puede ser?): lleva en sí mismo el sello de su compromiso y su subjetividad y, sobre todo, va mucho más allá de lo que los medios tradicionales informan.


La coronación del anti-estilo


En realidad, la tendencia
novoperiodística se creaba no tanto a través de la novela, ni del cuento, ni de la poesía, como a través del propio periodismo. Nacía como una especie de anti-estilo que se oponía cada vez con mayor fuerza al statu quo informativo del momento.

Con ese espíritu contestatario, el anti-estilo pretendía derrocar las fórmulas gastadas del periodismo convencional anterior e imponer una nueva forma de hacer periodismo, más creativa, pero también más profunda, comprometida e independiente. Probablemente, el hecho de dotar al periodismo de personalidad, más que el utilizar técnicas y artificios literarios en un estilo novelístico, fue lo que impulsó el desarrollo de un periodismo nuevo.

Ante todo, el nuevo periodismo buscaba traspasar los límites convencionales del periodismo. Por primera vez, se pretendía mostrar en la prensa algo que hasta entonces sólo se encontraba en las novelas o cuentos: la vida íntima o emocional de los personajes. Era un periodismo que se podía leer igual que una novela; un artículo se podía transformar en cuento fácilmente, o un reportaje tener una dimensión estética y novelada. Se podía recurrir a cualquier artificio literario. Pero, sobre todo, era un periodismo involucrado, inteligente, emotivo y personal. El nuevo periodismo se convirtió, también, en una actitud, una postura ante la labor del informador.

Y a pesar de que la etiqueta de nuevo periodismo resultó un tanto genérica y ambigua, pues ha sido utilizada para designar a un conjunto muy heterogéneo de obras y autores, éstos presentan, en su mayoría, un denominador común:

Su más o menos drástica distinción con respecto al periodismo escrito convencional de Estados Unidos hasta los primeros años de la década de los sesenta.10

Aunque nadie sabe con precisión su origen, parece ser que se oyó hablar por primera vez de nuevo periodismo en 1965, de boca de Peter Hamill, quien recomendó a Seymur Krim, jefe de redacción de la revista Nugget, escribir un artículo titulado, precisamente, The new journalism, donde describiera el trabajo de reporteros como James Breslin y Gay Talese, que comenzaban a aplicar en su trabajo nuevos procedimientos, así como a escribir en un estilo periodístico no convencional.

Peter Hamill atribuye el nacimiento del nuevo periodismo a Norman Mailer, hasta entonces escritor de novelas y ensayos, que con su reportaje sobre Kennedy, “Superman comes to the supermarket”, publicado en la revista Esquire en 1960, abriera nuevos caminos para el periodismo. Pero, por otra parte, James E. Murphy, Tom Wolfe y Richard A. Kallan señalan, como iniciadora de la nueva tendencia, la obra de Gay Talese titulada Joe Louis: The king as a middle-age man, publicada en 1962.

A su vez, Joe David Bellamy prefiere marcar el inicio en el año de 1963, con Tom Wolfe y su reportaje titulado extravagentemente There goes (varoom! varoom!) that kandy-kolored (thphhhhh!) tangerine-flake stream-line baby (rahghh! around the bend (brummmmmmmmmm…), posteriormente publicado como libro con el título simplificado de The kandy-kolored tangerin flake streamline baby. Y, finalmente, John Hellman y Terris Morris, apuntan que fue en 1965, con Truman Capote y Tom Wolfe.11

Lo cierto es que los nuevos periodistas comenzaban a distinguirse, además de por sus innovaciones estilísticas, por concordar con una serie de nuevas actitudes profesionales y prácticas periodísticas. Se caracterizaban no sólo por tratar de desarrollar un nuevo estilo, como Tom Wolfe, o por llegar al periodismo con un sentido de urgencia acerca de su importancia como escritores de otros géneros u otros campos de interés, como Norman Mailer y Capote; sino que había también un grupo de jóvenes, no escritores profesionales, que se sentían atraídos por el periodismo como un medio de articular su experiencia y de dar una voz a aquellos que comparten su visión del mundo y su estilo de vida, y que creían en un periodismo mucho más imaginativo y pertinente del que podemos hallar en la mayoría de los periódicos.

En todos los casos, los requisitos más importantes para llegar al nuevo periodismo era la apertura creativa, que sumada a las cualidades de honestidad, visión y estilo, tenía que ver más que nada con un fuerte compromiso con la comunicación eficaz de la información y con conceptos honestos acerca de la realidad social que se vivía.

Johnson sostiene que los nuevos periodistas eran aquellos autores que planteaban:

La necesidad de una nueva forma técnica para la información y para quienes una nueva conciencia de los hechos de la realidad humana no es sólo la razón para el nuevo periodismo sino un producto de él.12

Existen, pues, dos grandes criterios para la clasificación de los nuevos periodistas: el que se refiere a las características del material que el escritor maneja, y el de la actitud e intenciones que el periodista adopta a la hora de enfrentarse y asimilar dicho material.

Así, los nuevos periodistas son aquellos que crean un tipo de literatura, un arte periodístico que tiene significación inmediata, al mismo tiempo que posee significación histórica; los New Muckrakers, que escriben animados por un claro propósito moral, y están renovando y puliendo un nuevo instrumento periodístico para emprender enseguida una nueva tarea. Y los que están transformando el periodismo en un arte creativo, personal, basado en una exposición bien investigada y objetiva.

Asimismo, su trabajo está basado en la idea de que el nuevo periodismo debe realzar la verdad profunda de lo narrado. No es ficción. Los personajes, hechos, paisajes, etcétera, son reales. Y el hecho, la injusticia que se denuncia, el personaje, no pueden ser en ningún momento eclipsados por el estilo del autor. Aunque una transmisión meramente objetiva de los hechos sería tan imposible como falsa, de modo que en el nuevo periodismo el yo se convierte en la única forma de garantizar la ho-nestidad de la obra.

Más allá de algunos criterios, clasificaciones y premisas, lo cierto es que es difícil enunciar una sola definición, un concepto único, referente a la nueva corriente periodística. Existen numerosos términos periodísticos que pueden ser confundidos con éste: periodismo de denuncia, nueva no-ficción, periodismo personal, periodismo civil, periodismo existencial, periodismo inspirado, nuevo periodismo involucrado, periodismo literario, art journalism, essay-fiction, factual fiction, journalit (de la mezcla de journalism y literature), parajournalism, y un largo etcétera. Aunque cabe apuntar que, si bien estos términos no son sinónimos de nuevo periodismo, generalmente sí tienen que ver con alguna de sus manifestaciones y, en todo caso, pueden ser considerados como características de la corriente.

Para algunos, el nuevo periodismo supone simplemente una forma de escribir literatura ajena a los condicionamientos de la ficción o la no-ficción, o las etiquetas de periodismo o novela. Otros consideran válido el término para todas las innovaciones que se dieron en este ámbito en los años sesenta. Sin embargo, quizá la definición más clara y acertada sea la que ofrece Michael L. Johnson, y que refuerza la idea de que es necesario tomar en cuenta dos criterios clave e inseparables: la estética y la ética. El nuevo periodismo, dice, es:

Una forma de arte literaria y personal con el poder de percibir, analizar y comunicar el significado del proceso cultural en un nuevo modo no oficial y de contracorriente que pudiera reeducar un público hipnotizado por los lemas retóricos del periodismo convencional.13

En otras palabras: la nueva tendencia no sólo se define por la novedosa utilización por parte de algunos periodistas de unos recursos técnicos tradicionalmente asimilados a la novela, gracias a la cual se le confiere al periodismo una categoría artística y una fuerza narrativa hasta entonces desconocida, sino que además pretende revitalizar el periodismo de denuncia, constituyendo un medio comprometido con las causas sociales y crítico con las deficiencias del sistema y de los medios de comunicación, y que lleva a cabo una labor de concientización y educación de un público considerado no como receptor pasivo, sino como lector inteligente.

En los años en que comenzaron a circular, los trabajos novoperiodísticos causaron una verdadera conmoción porque su escritura tenía poco o nada que ver con las pautas de composición y estilo propias del periodismo convencional, caracterizadas por el uso de procedimientos diseñados institucionalmente para satisfacer las pretensiones de objetividad a las que se apoyaba –y todavía se apoya hoy– el discurso periodístico hegemónico.

Pero además, los nuevos periodistas, a través de la función que desempeñaban, se convertirían en personajes clave dentro de los procesos sociales y políticos. Como dijera Naomi Feigelson:

Los representantes del nuevo periodismo se ven a sí mismos como reeducadores de la juventud norteamericana y como unificadores y solidificadores del movimiento revolucionario. En definitiva, la nueva tendencia no se limita a informar, sino que está haciendo una revolución.14

Ambas innovaciones intrínsecas al nuevo periodismo, por un lado como nueva tendencia en el estilo y las formas y, por otro, como nueva toma de postura en la labor informativa, hacen de este modelo el ejemplo más representativo y acertado de interacción entre literatura y periodismo que ha registrado la historia de las letras contemporáneas, así como un conjunto de fórmulas inteligentes, creativas y en muchos casos comprometidas que, aunque matizado y ceñido a cierto tipo de publicaciones y contextos, ha trascendido hasta la actualidad. Incluso es posible que el nuevo periodismo sea una alternativa a la tendencia uniformadora del periodismo de hoy.


Perspectivas actuales


No obstante, el nuevo periodismo no ha sido consagrado, como esperaba Tom Wolfe. La crítica, tanto del lado de literatos como de periodistas convencionales, lo ha descalificado en ocasiones debido a que, primero, su nombre resulta demasiado pretencioso y ambiguo. Y, segundo, por ser un concepto demasiado genérico, lo que ha dado lugar a confusiones y excesos.

Frecuentemente, en los años sesenta, cualquiera que tuviera menos de 35 años y una máquina de escribir era considerado un nuevo periodista. Para 1970, ya cualquier variante del tono periodístico tradicional recibía dicho nombre, y, si no era menospreciada o incluso ignorada este tipo de literatura, se cobijaban bajo su epígrafe todas aquellas novelas, artículos, reportajes, biografías, autobiografías, memorias, etcétera, que no se lograban encuadrar en ninguna otra parte.15

En efecto: el nuevo periodismo germinó sobre todo en revistas, libros y prensa underground, porque estos medios permitían un campo más abierto a la investigación, profundización, denuncia y creación. Tan es así que Michael L. Johnson lo sitúa en el área del periodismo especializado. Para él, tres eran las categorías en las que se encuadraba al nuevo periodismo en los sesenta: la prensa underground y las publicaciones estrechamente afines a ella; libros o ensayos escritos en estilo periodístico por periodistas o gente que ha formulado una respuesta directa, valorativa y participante a los acontecimientos de su mundo, empleando o inventando una voz periodística; y los cambios en los medios de comunicación oficiales que incorporan nuevas y distintas maneras de relatar y comentar los sucesos que les interesan.16

Pero debería ser labor del diarismo abrir su espacio a propuestas periodísticas como la del nuevo periodismo, pues como dice visionariamente Johnson:

Si los medios de comunicación oficiales hubieran tenido la inteligencia y la adaptabilidad necesarias, deberían haber salvado a nuestra era de su miedo y su increíble violencia creando un público verdaderamente informado. Tal como están han fracasado espectacularmente.17

El nuevo periodismo no deja de ser una fórmula que ofrece al periodismo diario un matiz de profundidad y creatividad que, aun hoy, le hace falta. Los periódicos tendrían que ofrecer más cosas que lo que los medios electrónicos son capaces, por su carácter inmediato, efímero y la mayoría de las veces supeditado a intereses empresariales o institucionales. Un diario no debería conformarse con reiterar lo ya visto por los lectores en la televisión o lo ya escuchado a través de la radio.

Como sostiene Víctor Roura:

La prensa escrita, en este apartado, y esa es su primorosa ventaja, funge como un recipiente más profundo en su contenido que la televisión, que los medios electrónicos en general. La prensa tendría que generar su propia información, o por lo menos reinterpretarla, recrearla, reinstaurarla, reencauzarla, que era, y es lo que pedían y piden los nuevos periodistas, aquéllos que se mantienen prudentemente distanciados de las redacciones para no contagiarse de los virus, dicen, totémicos.18

Por otra parte, el nuevo periodismo también ha sido criticado por no asegurar la objetividad periodística. Los periodistas convencionales más puristas han opinado que el nuevo periodismo es una combinación de lo falso –la ficción– con la verdad –los hechos–, lo que atenta contra la objetividad. No obstante, el de la objetividad es un mito del periodismo que cada vez es más difícil sostener, pues todo periodismo, al ser un tratamiento determinado de la realidad, que atraviesa necesariamente por un proceso de selección y elaboración de la información en manos de un medio o un periodista específicos, es en mayor o menor medida subjetivo. El periódico no es la realidad, sino sólo un tratamiento, una representación, de ésta.

Lo que propone el nuevo periodismo es reconocer esa subjetividad intrínseca al tratamiento de la información, como un modo de informar más honesto y responsable. Además, se trata de una cuestión de enfoque, dice Marta Torrente:

Mientras el periodista tradicional recibe una información, el nuevo periodista la elabora.19

Su información es, en consecuencia, más personal, más subjetiva, pero también más analítica, profunda y enriquecida. Si se hace un uso adecuado de las técnicas novoperiodísticas, pueden ser muy efectivas informativamente. Desde luego, para lograrlo, hace falta talento.

En definitiva, como ilustra Albert Chillón:

El valor de un reportaje de estas características debe ser juzgado no apelando a las estrictas exigencias de la ortodoxia periodística –empeñada en satisfacer por medio de la veracidad el mito profesional de la objetividad–, sino a una ambición cognoscitiva y estética más arriesgada y ambiciosa, que trata de destilar un conocimiento verdadero de la realidad social mediante las convenciones de verosimilitud propias de la narrativa fabuladora. Los tipos literarios, incluso cuando son aplicados a la concepción y escritura del reportaje, no son mentiras más o menos amenas, sino representaciones que condensan en una sola figura rasgos, detalles y anécdotas observados en muchos individuos de carne y hueso. Y así, aunque no verídicos, sí merecen el calificativo de verdaderos.20

Es verdad que, en sus inicios, el nuevo periodismo pecó de optimismo. Las expectativas eran muy grandes: se esperaba que esta fórmula sustituyera al periodismo convencional. Sin embargo, en el futuro, que es hoy el presente, el nuevo periodismo se iría cooptando y difuminando como tal, a pesar de que ha prevalecido exitosamente como una opción estilística por la que aún optan algunos medios y periodistas.

Ante todo, el nuevo periodismo ha dejado una marca de creatividad en el periodismo, y no dejará de dar ejemplo de que una prensa amena, profunda, comprometida, crítica e independiente ha sido posible. El nuevo periodismo es posible porque ya fue posible.

Tom Wolfe escribía en 1973 las siguientes palabras:

La posición del nuevo periodismo no está asegurada por ningún concepto. En algunos terrenos, el desprecio que inspira carece de límites… Si no hay suerte, el nuevo género jamás será santificado, jamás será exaltado, jamás tendrá una teología… Pero el nuevo periodismo no deberá ser ignorado en un sentido artístico.21

A fin de cuentas, ¿por qué habría que ignorarlo hoy?
En México, pese algunos esfuerzos individuales, no existe un medio que conciba, de manera global y determinante, su labor dentro de los preceptos de independencia, calidad y crítica propios del nuevo periodismo.

Los contados periodistas que llegan a apostar por una forma propositiva y creativa de hacer periodismo se encuentran dispersos, y muchas veces son aislados y marginados del ámbito periodístico, víctimas de la férrea –y absurda– competencia –no sólo entre las publicaciones, sino entre los propios colegas–, así como de la falta de apertura de los dueños de la comunicación. En nuestro país, los periodistas suelen carecer de iniciativa (y cuando la tienen generalmente son domesticados o expulsados de la empresa) y de visión.

La incorporación de procedimientos de composición y estilo de otros géneros literarios y artísticos no responde a un mero fin ornamental de la escritura periodística, sino al empeño de enriquecer su valor como modo de conocimiento y de postura ante la realidad social de la cual informa.

Las manifestaciones del nuevo periodismo mantienen su vigencia más allá del momento y el lugar de su irrupción, como una oportunidad abierta a quienes deseen hacer uso de su potencial. Si bien la corriente está integrada por propuestas que son viejas al retornar a las fuentes prístinas de la tradición periodística (pues no hay originalidad posible sin retorno a los orígenes), son siempre novedosas porque plantean un desafío al anquilosado discurso periodístico hegemónico. Es una provechosa fórmula basada no sólo en la recuperación de las formas literarias sino en los principios del buen periodismo de siempre, comprometido y justo, de la que sólo se obtienen ventajas. Por más que algunos lectores queden desconcertados y, más que nadie, aquéllos que pretenden atrapar las infinitas posibilidades y combinaciones para clasificarlas y cuadricularlas.

Quizá sea el momento de abrir los oídos hacia aquellas voces que desde hace más de medio siglo han pugnado por un periodismo de calidad, independiente y propositivo. Volver al viejo nuevo periodismo es una forma de prestar atención a lo que pedían y aún piden los profesionales de la información que optan por otra vía que no sea el contagio de los vicios del diarismo moderno.

NOTAS

1) En Ronald Webe, The Literature of fact, University Press, Athens, Ohio, 1980. p. 73.

2) Juan Cantavella, La novela sin ficción. Cuando el periodismo y la narrativa se dan la mano, Septem Ediciones, Oviedo, 2002, p. 8.

3) Truman Capote, Música para camaleones, Anagrama, Barcelona, 1980, p. 10.

4) Tom Wolfe, El Nuevo Periodismo, Anagrama, Barcelona, 1975, p. 36.

5) Idem, pp. 50-51.

6) Véase Manuel González de la Aleja. El “Nuevo Periodismo” norteamericano, Diputación de Albacete, España, 1990, pp. 106-114.

7) El relato de Janet Cook, revelador y tremendo, acerca de un niño que se inyectaba heroína con la complacencia de su madre, fue publicado en la primera página del Washington Post en 1980, y fue merecedor del Premio Pulitzer de periodismo. No obstante, cuando la reportera confesó que el niño era inventado, pero que representaba a muchos niños que se encontraban en la misma situación, tuvo que devolver el premio. El caso avivó una vez más las eternas discusiones acerca de las fronteras entre periodismo y literatura. Como referencia véase el artículo de Gabriel García Márquez. “El mundo de Jimmy”, El País, Madrid, 29 de abril de 1981, p. 11.

Por su parte, Hersey creó un personaje típico inspirado en individuos realmente existentes, de nombre Joe Souzack, para su reportaje sobre la reinserción de los soldados a la sociedad norteamericana luego de la Segunda Guerra Mundial, Según Albert Chillón, al ser una figura literaria construida a partir de la observación de muchos soldados reales, Joe “no era un personaje verídico, pero sí verdadero” (en op. cit. pp. 200-201). Hersey argumentó sencillamente que con su artificio quiso proteger a los veteranos de guerra.

8) Albert Chillón, Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas, Mitre, Barcelona, 1985, p. 285.

9) Para ellos, esta técnica es invalidada como periodística dado que, al plasmar las motivaciones subjetivas, los pensamientos y los sentimientos de los personajes tratados de manera directa, el periodista cae en la fabulación y la arbitrariedad, pues es imposible transcribir de manera literal y en tiempo real lo que un personaje piensa o siente, al tiempo que oculta su fuente y hace parecer a la información como una mera suposición o invención. Al combinar la narración externa con las motivaciones internas o los pensamientos que el personaje ha tenido, se hace visible el modo en que el autor ha podido obtener esa información, lo que legitima su veracidad.

10) Albert Chillón, op. cit., p. 27.

11) Véase Manuel González de la Aleja, op. cit., p. 23.

12) Ibidem.

13) Michael L. Johnson en “Whe rein lies the value”, Journal of culture, 9, 1975, p. 136.

14) En Michael L. Johnson. La prensa underground, los artistas de la no ficción y los cambios en los medios de comunicación del sistema, Troquel, Buenos
Aires, 1975, p. 19.
15) Al respecto han escrito, entre otros, Dennis Everette E., op. cit.; Jack Newfield, “Is there a new journalism?”, en Ronald Weber, The reporter as artist, Hasting House Publishers, Nueva York, 1974; John Hollowell, Realidad y Ficción. El Nuevo Periodismo y la novela de no ficción, Noema Edit., México, 1979.

16) Michael L. Johnson, op. cit., p. 19. Un foro significativo de nuevo periodismo fue la revista Rolling Stone, la cual era, en sus inicios, una de las más importantes revistas underground.

17) Ibidem.

18) Víctor Roura, Cultura, ética y prensa, Paidós, México, p. 107.

19) Marta Torrente Morales, Tom Wolfe: nuevo periodismo norteamericano o literatura de no ficción, Surcos, Madrid, 1987, p. 197.

20) Albert Chillón, op. cit., p. 201-202.

21) Tom Wolfe, op. cit., p. 55.

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Completense de Madrid

 

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