¿Vale la pena arriesgar la integridad enmedio de intereses encontrados?

Dudas, temores y compromisos

Carlos Humberto Zapata Méndez

La obligación del periodista de cumplir con el compromiso social de otorgar a la población una información verídica, objetiva, puntual y oportuna lo transporta al espinoso terreno de la ética profesional.

¿Hasta dónde es posible cumplir con este principio? Partamos del hecho de que el periodismo constituye un producto mercantil desde el momento mismo en que se encuentra en un libre mercado de compra-venta y los flujos económicos transitan por sus páginas o espacios, sobre todo a través de la publicidad. Aunado a elle, existe la línea editorial que obedece a intereses diversos: desde lo económico hasta lo político, un factor cada vez más determinante en la variable a seguir por los medios.

Hablar o escribir en ese sentido sobre el valor ético o la responsabilidad que debe privilegiarse en el ejercicio del periodismo nos conduce hacia caminos inexplorados, sólo transitados por quienes de una u otra forma están involucrados en las decisiones editoriales de los medios.

¿A qué me refiero? No es un secreto que uno de los principales problemas que enfrenta la mayoría de los medios informativos tanto en Tabasco como en otras entidades federativas, además de la falta de credibilidad, se centra en la profesionalización de sus activos. Cómo aspirar entonces a construir una oferta periodística socialmente comprometida con la ciudadanía, rentable y moderna, si por un lado los intereses políticos o económicos representan una limitante de la libertad editorial, y por otro, la calidad de los contenidos se ve afectada por la falta de sensibilidad o criterio al momento de acopiar la información y transmitir la realidad social.

Tampoco debemos olvidar que la delgada línea entre lo que es “periodístico” o rentable y lo que es éticamente publicable realmente está en manos de quienes toman las decisiones editoriales hacia el interior de los medios, es decir: está en manos de unos cuantos, y son precisamente ellos los directamente responsables de construir la oferta periodística.

En ese sentido, el ejercicio periodístico en Tabasco no está exento de los males que aquejan a la actividad en todo el país. La superficialidad o el sensacionalismo que en muchos casos se otorga a temas como la inseguridad, por citar un ejemplo, pone sobre la mesa de debate el ingrediente moral y responsable que debe contener obligadamente toda información que se emita desde un medio de comunicación que se precie de ser profesional y comprometido con su audiencia, ya sean lectores, radioescuchas o televidentes.

Un dato por considerar para medir la trascendencia de lo anterior es la reciente muerte de Humberto Millán –sexto periodista asesinado en lo que va de 2011 en el país–. Fue el procurador de Justicia de Sinaloa, Marco Antonio Higuera Gómez, quien reveló que la línea de investigación más fuerte era su labor informativa en asuntos políticos.

El periodista deberá entonces considerar si mantenerse en el campo estrictamente profesional para no defraudar a la esencia de su actividad o apegarse a los lineamientos establecidos por su casa editorial.

Para ilustrar tal incertidumbre basta con revisar otro caso: la cobertura del atentado al casino Royale de Monterrey. El periodista y maestro Darío Dávila –presente en el lugar de los hechos– considera que se carece de un equilibrio informativo, “pues las versiones sobre los hechos sólo son numéricas y no explicativas, es decir, mucha crónica roja que alimenta el morbo”.

Y ejemplifica: “El diario popular El Sol, titula: ‘Prenden terror en 2:30 minutos’ pero deja atrás otras explicaciones del fenómeno de la violencia”, lo que lo llevó a concluir que la cobertura “sólo está reproduciendo el miedo”. Dos preguntas: ¿A quién favorece este desequilibrio? ¿Al periodismo o a los intereses que buscan vender tal acontecimiento?

La segunda: ¿actualmente vende el miedo? Es indudable que sí, porque está ligado al tema de la seguridad –o inseguridad– pública, el cual es elemento cotidiano de conversación entre los ciudadanos de todo el país y materia prima de todo medio dedicado a informar.

Este representa otro factor por considerar para el desempeño ético de los reporteros, pues quien se atreve a incursionar en los espacios de la delincuencia corre el riesgo ya no de recibir una amenaza como sucedía antaño, sino de poner en riesgo su propia vida.

No vayamos demasiado lejos para tener un panorama más claro: el año pasado, el periodista José Luis Romero apareció ejecutado a balazos en la carretera Los Mochis-El fuerte, luego de permanecer desaparecido por casi 15 días. En Tabasco muchas personas observaron en septiembre de 2008 cómo un comando armado ejecutó al locutor Alejandro Fonseca, popularmente conocido como “El Padrino”, justamente cuando en un acto de rebeldía ciudadana protestaba contra quienes buscan mantener atemorizada a la población.

¿Valdrá la pena entonces abordar dichas temáticas? Será justamente el compromiso, arrojo y profesionalismo del periodista lo que lo determine, anteponiendo, quizás, el derecho que tienen las personas de recibir una imagen objetiva de la realidad por medio de una información precisa y completa. E insisto: ¿Valdrá la pena arriesgar la integridad cuando hay de por medio tantos intereses que escapan del control de quien ejerce la actividad?

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