Los jóvenes no creen ni en los políticos ni en las instituciones

Por Carlos Acuña  / Emeequis 279

Su potencial político es enorme. Así que no es extraño que los 24 millones de mexicanos de entre 18 y 29 años sean asediados por toda suerte de políticos que buscan convencerlos de que les entreguen su voto. No va a ser fácil. Constituyen la generación del desencanto, la de jóvenes molestos y decepcionados del sistema y de los resultados de la democracia mexicana. Un panorama nada optimista cuya expresión más cruda es el siguiente número: tres de cada cuatro jóvenes podrían no votar o anular su boleta en las próximas elecciones.

No es apatía ni desinterés ciudadano. “Son demócratas convencidos. Pero han dejado de confiar en las instituciones del sistema político y en sus representantes. Creen en la democracia, no así en la democracia mexicana”, concluye Enrique Cuna Pérez, investigador universitario y autor de un profundo estudio sobre el desencanto ciudadano juvenil.

La actitud de los jóvenes está vinculada con el entorno que el país les ofrece: falta de espacios para expresarse, falta de oportunidades de empleo, de educación, de salud.

Es un hecho: los jóvenes no van a votar. Por muy grave que esto pueda parecer, lo cierto es que la juventud no se queda de brazos cruzados. Las siguientes historias muestran que no es así.



Un fantasma recorre México, el fantasma del desencanto. La desilusión de los jóvenes con los resultados de democracia, con los políticos y con las instituciones.

Un panorama lejos de ser halagüeño y cuya expresión más cruda la muestra el siguiente número: tres de cada cuatro jóvenes mexicanos de entre 18 y 29 años podría no votar o anular directamente su boleta en las próximas elecciones.

No hay que darle muchas vueltas. La juventud está molesta y decepcionada del sistema político mexicano. Esa es la primera y contundente conclusión de un estudio cualitativo conducido por Enrique Cuna Pérez, doctor en ciencias sociales e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), con financiamiento del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

La paradoja es que la gran mayoría de los jóvenes está de acuerdo en que el sistema democrático es el más adecuado para gobernar un país. “Son demócratas convencidos. Pero han dejado de confiar en las instituciones del sistema político y principalmente en sus representantes. Creen en la democracia, no así en la democracia mexicana”, comenta Cuna Pérez, jefe del Departamento de Sociología de la UAM Iztapalapa.

Y aun cuando los candidatos presidenciales se esfuerzan denodadamente en estos meses por conseguir su simpatía y su voto, pues su peso demográfico puede determinar el resultado de las próximas elecciones, no existe certeza alguna de que el 1 de julio irán a la casilla a votar.

Nada hay seguro con los más de 24 millones de votantes jóvenes, lo cual representa aproximadamente un tercio del total de ciudadanos inscritos en el padrón de electores.

Todo parece indicar que el voto juvenil será el gran ausente en las elecciones presidenciales. Hace mucho tiempo que dejaron de confiar en los políticos y en las instituciones. “La gran mayoría de ellos piensa que las campañas no son sino una gran simulación que cuesta millones de pesos pagados por los ciudadanos”, dice el investigador, quien realizó entrevistas y discusiones colectivas con grupos de hombres y mujeres jóvenes entre septiembre y octubre de 2011.

La actitud de los jóvenes está vinculada con el entorno que el país les ofrece: falta de espacios para expresarse, falta de oportunidades de empleo, de educación, de salud. En el análisis destaca un hecho: para muchos jóvenes la educación ha perdido valor social: muchos abandonan los estudios por falta de recursos o por no ser admitidos en las universidades públicas debido a la alta demanda.

Quienes logran terminar una licenciatura, tampoco tienen un futuro asegurado: cada vez es más difícil encontrar un empleo bien remunerado que les permita desarrollarse de acuerdo a sus aptitudes académicas, por lo que terminan empleándose en actividades completamente ajenas a su ámbito profesional.

Los datos incluidos en el estudio lo corroboran: más de una tercera parte de los jóvenes desempleados en México (38 por ciento) tienen estudios de bachillerato y licenciatura.

La única forma que los jóvenes tienen para juzgar el buen funcionamiento de la democracia son los resultados que los afectan directamente –abunda Cuna Pérez–. ¿Y qué resultados pueden ver los jóvenes en su vida cotidiana? Desempleo, inseguridad y corrupción. Para ellos, esos son los verdaderos frutos de la democracia mexicana”.

Desde el punto de vista de los jóvenes, las elecciones son sólo otro ejercicio del poder y pocos consideran que la democracia puede ser un vehículo de acceso a éste.

Y, ciertamente, parecen tener razones para pensar así. Son cada vez menos los espacios y las vías donde puedan incidir directamente en la política. Este tipo de percepciones los desaniman de intentar participar en la democracia electoral.

Les basta ver quiénes son nuestros representantes en el Senado para desencantarse –explica Cuna Pérez–. ¿Cuántos funcionarios públicos tienen menos de 40 años y cuántos llevan décadas con el mismo puesto? Es lógico que los jóvenes se sientan excluidos de la democracia. La política es para ellos un círculo cerrado e inalcanzable, donde ellos no tienen lugar.

La juventud mexicana está debilitada desde varios ángulos. “Por un lado, está fragmentada, incapaz de generar una lucha colectiva. Por el otro, se trata de una juventud frustrada, sus deseos y planes a futuro difícilmente podrán concretarse en la realidad. No es que les hayan arrebatado el futuro: viven en un presente demasiado precario, frágil”.

La aparente apatía de los jóvenes por las elecciones es una forma de participación. Para muchos, dice Cuna Pérez, abstenerse de votar es la única forma en que pueden manifestar inconformidad sin ser reprimidos. “Es curioso que ahora los políticos volteen a verlos, justamente por eso. Ahora son ellos los que querrán atraer su atención, antes era al revés: los jóvenes eran los que exigían la atención de los actores políticos”.

Gran parte de la juventud mexicana considera que en el país se vive la democracia sólo de manera electoral y política, resalta el estudio. Pocos son los que ejercen la democracia de manera civil, es decir, en el ejercicio pleno de sus derechos.

Para Enrique Cuna, ese es uno de los principales retos del sistema democrático mexicano: integrar la dimensión electoral de la democracia, con la dimensión social y la participación ciudadana.

Y es que los resultados del estudio no revelan falta de interés, ni apatía. Los jóvenes estarían dispuestos a participar activamente si las condiciones fueran otras.

Además de la falta de espacios, los detiene una desconfianza histórica, sexenios enteros de corrupción y la percepción de que el discurso político, anticuado y poco práctico, está cada vez más alejado de su realidad y sus necesidades.

Excluidos de la democracia electoral, los jóvenes se refugian en la democracia social –concluye Cuna Pérez–. Muchos toman en sus manos los problemas de su comunidad e intentan resolverlo al margen de instituciones y partidos, buscan su propia forma de participar e influir en su entorno social.

Es un hecho: los jóvenes no van a votar. Por muy grave que esto pueda parecer, lo cierto es que la juventud no se queda de brazos cruzados.

No sólo entienden los problemas del país, sino que poco a poco empiezan a hacer algo al respecto. Algunos se resguardan detrás de los recursos que las asociaciones civiles pue-dan ofrecerles, otros actúan por su propia cuenta; unos más aprovechan los pocos espacios institucionales que aún les quedan.

Nadando a contracorriente todo el tiempo, intentan hacer todo lo que esté en sus manos por mejorar, aunque sea un poco, a ese país que los ha querido borrar del mapa sin lograrlo.

Y tan no lo ha conseguido que las historias como las que siguen crecen por todo el país, todo el tiempo.

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Fabián y Adrián, Jóvenes Constructores
Hay que organizarnos desde abajo para hacerla

Fabián no supo qué pensar cuando se enteró de la noticia. Primero se quedó mudo, sin creerlo. Pero ahora la realidad le cae encima junto con toda la rabia, la impotencia y el ahogo. En su cabeza, un rostro no para de girar. Es el de Jorge, un viejo amigo suyo. Lo mataron a tiros cuando salía de una fiesta, apenas a unas cuadras de su casa, en Iztapalapa. Le quitaron 80 pesos. A los asaltantes les pareció cosa fácil jalar el gatillo antes de correr. Tenía 21 años, la misma edad que Fabián.

Han pasado sólo unas cuantas semanas desde el asesinato. Ahora Fabián intenta no pensar en ello demasiado, no clavarse en los recuerdos. Camina por el barrio con sencillez, bromeando todo el tiempo. Unas largas rastas sobresalen por debajo de una pañoleta negra y unos anteojos de pasta gruesa enmarcan su mirada clara. De pronto, sin que pueda evitarlo, su sonrisa se borra mientras baja la cabeza. Suspira.

Estoy bien sacado de onda, güey.
–¿Por el Jorge? –le pregunta Adrián, un joven de 18 años, de cabello largo, que lo acompaña por la calle–. Está cabrón.
–¡Por 80 pinches pesos! ¡Vale madres!

Fabián y Adrián viven en Iztapalapa, la delegación con mayor índice delictivo en la Ciudad de México. Ninguno de los dos estudia. Adrián terminó sus estudios en una escuela técnica y Fabián intenta montar un local de serigrafía para sustentar sus estudios e ingresar a la carrera de Antropología Social en la UAM.

Ambos se han acostumbrado al miedo. Constantemente bromean sobre los asaltos que ocurren en las colonias a su alrededor y saben de memoria cuáles son las zonas y calles peligrosas que deben evitar.

Actualmente participan en un proyecto ciudadano de rescate de espacios públicos, coordinado por la asociación civil Jóvenes Constructores. Ellos, junto con una pequeña brigada conformada por una veintena de muchachos, intentan rehabilitar o darle un mejor aspecto a los lugares comunes de la colonia Hank González.

El proyecto empezó apenas hace unos meses, hasta el momento han rehabilitado dos canchas deportivas y un módulo de participación ciudadana, además de varios camellones que han pintado y en donde han sembrado unos cuantos árboles. Parece poco, pero el impacto visual, dicen, al menos brinda una pequeña sensación de seguridad dentro del clima de delincuencia e inseguridad en el que se vive.

Todos los partidos son iguales. Unos peor que otros, tal vez, pero en el fondo es lo mismo –dice Fabián, con los brazos cruzados–. ¿Cómo quieren que votemos si cada sexenio es lo mismo? Cada día nos enteramos de algo nuevo, de la corrupción, del compadrazgo. Luego los escuchas hablar y parece que viven en otro país, en otro planeta.

Yo no voy a votar, no creo en las elecciones –opina Adrián mientras protege con una mano sus ojos del sol. A esta hora, la falta de árboles en Iztapalapa hace que el calor sea insoportable. El asfalto de las calles arde y el aire se calienta y adelgaza–. Dicen que Peña Nieto va a ganar, pero eso no quiere decir que la mayoría de la gente vote por él. Las encuestas dicen que tiene 40 por ciento de las preferencias. Eso quiere decir que hay otro 60 por ciento que no quiere que él sea presidente. Además, hay mucha más gente que no va a votar, porque no quiere o porque no está ni siquiera registrada.

La labor de rehabilitar espacios públicos los ha puesto en contacto directo con su comunidad. Poco a poco han ido conociendo las opiniones políticas de sus vecinos, así como sus necesidades y problemas cotidianos.

En estos días, junto con la brigada de Jóvenes Constructores, preparan una obra de teatro para niños mediante la que se intenta crear una identidad comunitaria en la colonia. Planean organizar reuniones, pequeñas fiestas y juntas en donde la gente de la colonia pueda, primero, conocerse, y después organizarse.

Aquí en la colonia a veces vemos a alguien que nos parece sospechoso y luego luego lo tachamos de delincuente, de ratero. Le tenemos miedo. No nos ponemos a pensar que él está pensando lo mismo de nosotros. Que él también nos tiene miedo.

Simón, eso pasa en todas partes –apoya Fabián, quien además es baterista de una banda de punk y reggae con la que intenta fomentar la unión y el activismo entre los jóvenes–. Si no nos organizamos desde abajo, nunca vamos a hacer nada.

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Irving, de Santo Desierto y Reforestamos México
Hay que vencer el miedo a actuar

Irving vive rodeado de árboles. Le basta caminar unos cuantos metros para adentrarse en el bosque. Fresnos, cedros y pinos gigantescos se alzan alrededor de su casa, ubicada en Santo Desierto, una pequeña comunidad en medio de las montañas de la Sierra del Carmen, en Tenancingo, Estado de México.

Sólo su mirada sencilla y la timidez de sus palabras delatan su corta edad. A primera vista, es difícil creer que este joven moreno y de porte altivo tenga apenas 20 años, sobre todo si se conocen las múltiples actividades en la que está involucrado.

Desde hace tres años, Irving, al lado de dos mujeres, forma parte de la asociación civil Santo Desierto, cuyo propósito es mediar entre los habitantes, las autoridades ejidales y los representantes religiosos del poblado.

En ese tiempo también fue recibido como becario en Reforestamos México, otra asociación dedicada a la difusión y puesta en marcha de planes sustentables. Desde entonces se sometió a una larga capacitación para aprender diversas ecotecnias que ha aplicado sin parar en todos los rincones de  su comunidad. Durante más de un año participó de manera voluntaria en la creación de viveros de vegetación endémica con el fin de reforestar la zona.

Hasta la fecha, Irving ha puesto en marcha y construido, con ayuda de los pobladores, más de 20 huertos de traspatio, 40 cisternas de almacenamiento del agua de lluvias, 40 estufas ecológicas ahorradoras de leña y una plaza central con la que se intenta impulsar el comercio local.

En un poblado de no más de 300 familias, lo anterior representa un logro gigantesco que ha impactado de manera directa a la economía local.

Pero Irving ya no sabe cómo es que se involucró tanto en el cuidado del ambiente. Tampoco puede definir qué es lo que lo impulsa a actuar con tanta determinación. A sus 20 años podría ganar dinero en otra parte y de forma más fácil.

En esta región, lo normal es que los jóvenes abandonen sus estudios y comiencen a trabajar en los invernaderos de la zona. Así que Irving tenía pocas opciones al terminar la secundaria. El municipio de Tenancingo ostenta el primer lugar en producción de flores de ornato en todo el país. Cada mañana, cinco camionetas arriban a Santo Desierto y transportan a más de 100 peones a los invernaderos más cercanos. En este lugar, la horticultura es la única fuente de empleo permanente.

También pensé en irme a chambear al otro lado. En Cabo San Lucas hay una colonia formada sólo por personas de aquí –dice. Una gorra de beisbol protege su piel morena del sol intenso. Sus ojos miran a su alrededor, señalando las copas de los árboles–. Pero yo no quiero irme. Me gusta este lugar.

Tampoco quiso trabajar en los invernaderos de flores. Había escuchado sobre los fertilizantes y pesticidas tóxicos que minan los pulmones de los peones. Además le parecía una actividad demasiado rutinaria. Intentó estudiar el bachillerato pero desistió al terminar el primer semestre: la distancia hasta la preparatoria más cercana era excesiva y su presupuesto no alcanzaba para pa-
gar los altos precios del transporte público.

Se dedicó a esperar. Poco a poco, observando y conviviendo con sus vecinos y compañeros, se fue dando cuenta de los problemas de la comunidad y que afectaban directamente al bosque.

A pesar de ser Área Natural Protegida, la tala clandestina, el uso excesivo de leña para cocinar y el descuido de los habitantes han deteriorado gravemente el entorno natural. Los manantiales guardan cada vez menos agua y algunos de ellos guardan cada vez menos agua y algunos de ellos están severamente contaminados. Por si fuera poco, no hay forma de limpiar toda la basura producida por miles de turistas y peregrinos que arriban cada junio a las fiestas de Santo Desierto del Carmen, un convento carmelita fundado en el siglo XIX en las orillas del pueblo.

El principal problema siempre es la organización –cuenta Irving. La experiencia lo ha curtido, habla con una seguridad difícil poner en duda–. La gente ya está muy ciscada, apenas ven que alguien está haciendo algo, empiezan a desconfiar. Es difícil lograr que le crean a uno. Cuando pedimos su apoyo creen que vamos a transarlos, que somos de algún partido, ese tipo de cosas.

Hace apenas un año, con el apoyo de Reforestamos México y Santo Desierto, consiguieron recursos de la Secretaría de Desarrollo Social para impulsar un plan de desarrollo en la comunidad. Irving tuvo entonces que aprender a caminar entre los laberintos legales de la burocracia. Nadando contra corriente y después de decenas de juntas, trámites y reuniones en la capital del estado, logró la autorización para que la misma comunidad administrara los recursos obtenidos. Todo con el fin de evitar el desvío de fondos.

Fue muy cansado. Cada mes, a veces cada semana, tenía que ir a Pachuca o al Distrito Federal. Me ponían mil excusas por cada propuesta que les llevaba –se queja ahora, sin ocultar su desgaste–. La burocracia lo alenta todo. En este país, parece que todo lo rápido es ilegal.

Sus esfuerzos rindieron frutos. Gracias a eso, se pudo construir una plaza en la entrada del pueblo en donde se pretende reubicar a los vendedores que, en días de fiesta, instalan sus negocios en las orilla del bosque, dañando los árboles y contaminando la tierra. El segundo piso de la plaza será utilizado como un pequeño centro de desarrollo educativo, con talleres de oficios, sala de internet y biblioteca.

La construcción, diseñada por arquitectos de la UAM, contiene también un sistema de cisternas; el agua utilizada será limpiada por plantas absorbentes, para después ser reintegrada a los mantos acuíferos. Se construyeron baños ecológicos en gran cantidad de casas y se rehabilitaron varios kilómetros de sendero pavimentado en los interiores del bosque, con lo cual se intenta fomentar el turismo ecológico.

Irving confiesa no saber mucho de política. No le interesan los candidatos ni los partidos. “Todos quieren sacar tajada de algún lado. Así son la mayoría de los funcionarios. ¿Por qué vamos a depender de ellos para hacer las cosas?”, pregunta con la convicción de que sólo la comunidad puede hacer algo por ella misma.

A todos nos da miedo actuar. Eso es lo que yo veo –dice mientras se adentra cada vez más en el bosque–. Tenemos miedo de los partidos políticos, del narco, de la delincuencia. Pero sobre todo tenemos miedo de actuar, porque eso implica cambiar nuestra forma de pensar. Gastar tiempo  y energía en algo más que nuestra rutina diaria. Tenemos en nuestras manos resolver muchos problemas, pero como que nos cuesta asumir ese papel.

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Imelda, MelayMelo
Ya me cansé de culpar a los políticos

Imelda es soltera. Tiene 25 años y nunca ha sufrido violencia de pareja. Cuando una amiga cercana le confesó haber sido golpeada por su marido, su primera reacción fue indignarse. Sin pensarlo demasiado, le recomendó separarse de inmediato del agresor. No comprendía la enorme dependencia económica y psicólogica que una mujer desarrolla con respecto a su cónyuge, principalmente cuando hay hijos de por medio.

Le dolió ver a su amiga regresar con el marido golpeador. Le lastimó más cuando ésta le retiró la palabra. Pero esa anécdota le hizo darse cuenta de la precaria situación que padece la mayoría de las amas de casa.

Es una situación bien enfermiza –explica. Por detrás de sus lentes de pasta gruesa, sus ojos muestran preocupación–. Muchas mujeres soportan agresiones por el miedo a quedarse sin sostén económico. No se creen capaces de trabajar ni de ganar dinero. Su autoestima anda por los suelos.

Imelda no cree en ningún partido político, ni en candidato alguno. En las próximas elecciones piensa anular su voto. Está convencida de que en México la política electoral no sólo es una farsa, sino uno de los principales pilares de un sistema cada vez más viciado.

Yo creo que la verdadera democracia se trata de crear oportunidades para todos –dice con sencillez, con palabras espontáneas, fuera de todo discurso prefabricado o institucional–. Pero no veo eso en ningún lado; las oportunidades son cada vez menos. Cada vez cuesta más crear tu propia empresa, estudiar lo que en verdad quieres, tener una vida satisfactoria en todos los niveles.

Todo empezó como un pasatiempo. Imelda no sabía dibujar ni conocía las nociones básicas de diseño. Empezó a crear juguetes textiles en sus ratos libres. Con el tiempo sus diseños ganaron cierta popularidad y expuso su trabajo en diferentes ferias de diseño. Se dio cuenta de que había posibilidades de crear una pequeña marca. Así fundó MelayMelo, su marca de juguetes textiles.

Imelda participaba por entonces en diversas asociaciones civiles como Jóvenes Constructores y Cauce Ciudadano. Fueron ellos quienes la remitieron a Ashoka, una asociación global que apoya iniciativas ciudadanas que intentan cambiar o resolver problemas sociales. Fue una de las pocas oportunidades que se le han presentado y decidió aprovecharla al máximo.

El proyecto de Imelda es sencillo: capacitar a mujeres con antecedentes de violencia intrafamiliar en la creación de juguetes textiles. La capacitación tiene como finalidad no sólo que las mujeres aprendan un oficio, sino que, si así lo desean, apoyen el trabajo de la marca y reciban de manera complementaria bases de diseño.

En una segunda etapa espera organizar a un grupo de mujeres que, eventualmente, tomen el control del proyecto y se conviertan en una cooperativa. El proyecto va encaminado a posicionar la marca como un producto de calidad de exportación, generador de empleos socialmente responsables. La intención última es que se involucren en todo el proceso y que puedan crear su propia microempresa.

Siempre me ha interesado hacer las cosas sin pensar demasiado en las dificultades –reflexiona Imelda, quien ahora estudia la licenciatura de patrimonio histórico y cultural en la Universidad de la Ciudad de México–. Si me detengo a pensar en las trabas nunca voy a hacer nada. Todavía podemos hacer muchas cosas al margen de los partidos políticos.

Imelda participa actualmente con otros colectivos juveniles, que la invitan a impartir talleres textiles para niños indígenas y otros sectores marginados. También lo hace en el Instituto Nacional de las Mujeres. Todo sin recibir paga.

El discurso de Imelda se enfoca en la generación de empleos. Aspira a crear una empresa donde las mujeres puedan recibir un trato y un sueldo justo. Un lugar donde habilidades como bordar o tejer sean aprovechadas y remuneradas como cualquier otro oficio.

Yo ya estoy cansada de la verborrea, de echarle la culpa a la sociedad o a los políticos. Ya me cansé de ese discurso. Los políticos no van a cambiar de la noche a la mañana y ya todos saben cómo operan ellos. Sí, yo voy a anular mi voto, pero tampoco le quiero imponer eso a nadie. Es algo personal. Todos debemos reflexionar a quién estamos apoyando con nuestro voto, pero también preguntarnos a quién estamos apoyando con nuestras acciones diarias.

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Eduardo, Muñeca Fea
Como sociedad, estamos mucho más indefensos

Un puñado de casas construidas de lámina y cartón se levanta en el corazón de la colonia Roma, en uno de los predios devastados tras el terremoto del 85. En este lugar viven hacinadas unas 20 familias otomíes en condiciones deplorables. Decenas de niños corretean por los alrededores. La mayoría de ellos destinados a pasar buena parte del día en las calles, se dedican a vender chicles o limpiar parabrisas.

Condenados a trabajar desde pequeños, los niños de esta pequeña comunidad no tienen tiempo de aprender a leer, mucho menos de jugar. Apenas llegan a la adolescencia y comienzan a tener hijos y su vida se convierte en un eterno ciclo de marginación y pobreza.

Eduardo Rodríguez tiene 29 años y estudia la maestría en Ciencias Políticas. Es miembro fundador de Muñeca Fea, un colectivo formado por unos cuantos jóvenes que desde hace seis años se dedican, semana a semana, a impartir talleres de todo tipo a los niños de este predio. Trabajan sin percibir ningún ingreso e invitan a talleristas que acceden a impartir clases sin cobrar. Lo que intentan es que al menos durante dos horas los niños recuperen un poco de la infancia arrebatada por las calles y la precariedad económica.

En un principio queríamos hacer mucho más, enseñarles un oficio, asegurarles de alguna forma un mejor futuro –dice Eduardo con ligera pesadumbre. Hace una pausa mientras se rasca la barbilla, una barba a medio crecer rodea su boca. Tiene el cabello crespo y largo recogido en una cola de caballo–. No podemos hacer nada para mejorar sus condiciones de vida, esa es la verdad. Lo único que podemos intentar es que sean felices durante dos horas, lo cual tampoco es poca cosa.

La historia del colectivo Muñeca Fea comenzó hace seis años. En ese tiempo Eduardo y una amiga suya, Gabriela González, trabajaban en la  Secretaría de Desarrollo Social del DF como promotores de asuntos indígenas. Cuando terminó el periodo de la entonces secretaria Raquel Sosa, el lugar fue ocupado por quien más tarde se convertiría en jefe de gobierno de la Ciudad de México: Marcelo Ebrard.

Fue fatal. Marcelo suspendió todos los proyectos para ponernos a hacer campaña –se queja Eduardo; por un momento se exalta–. Con la excusa de hacer “jornadas informativas”, ponía a todo el personal a hacer campaña descarada para su candidatura.

Así que él y Gabriela decidieron renunciar. Al poco tiempo Ebrard fue elegido como jefe de gobierno y ambos se dieron cuenta de que nadie se había preocupado por retomar los proyectos ni los planes de desarrollo indígena. Conocían bien los lugares habitados por los otomíes en la colonia Roma y decidieron hacer algo al respecto. El predio de la calle Zacatecas, era, desde su punto de vista, el más caótico y necesitado. También el que tenía más población infantil.

Desde entonces han tenido una presencia constante en esta pequeña comunidad. Durante estos años, más de 50 personas han colaborado de manera esporádica con el colectivo, impartiendo clases u organizando actividades que intentan fomentar la identidad indígena, labores escolares y algunos aspectos artísticos.

Aquí los vecinos nos miran mal. Si invadimos un poco su espacio empiezan a reclamarnos –cuenta Eduardo–. En realidad es un asunto de discriminación. La gente no los ve como niños, sino como vendechicles o limosneros. Pasan de largo sin mirarlos. Nosotros tratamos de que se den cuenta de que son sólo niños y que, además, también ellos son sus vecinos.

Eduardo ha comenzado hace poco a trabajar como profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Su pasión, reconoce, es la vida académica. Sin embargo, sabe que “la teoría política en México no sirve para nada”. El país, en su opinión, está cada vez peor. Recientemente realizó un estudio acerca de las votaciones en la Cámara de Diputados en las últimas cuatro legislaturas. Se dio cuenta de que prácticamente todo se vota por unanimidad, sin importar el partido. “Cuando algo llega al pleno, es porque ya todo está amarrado, ya se hizo un reparto previo”.

La única vez que han debatido en serio, que hicieron lo que todos esperamos que se haga en una cámara, la deliberación duró 12 horas. El tema en cuestión, la iniciativa de ley, era poner con letras de oro en el muro de la cámara el nombre de la Universidad Nacional Autónoma de México. Eso no se vale. Que el tema más discutido haya sido una tontería de ese tamaño habla de la clase de país que tenemos.

Eduardo también ha dejado de creer en los partidos y en el sistema de gobierno. “Son unos gánsters, unos delincuentes”. Además de colaborar en Sedesol, también trabajó en otras instituciones gubernamentales de apoyo a los pueblos indígenas. Esas breves incursiones bastaron para que se diera cuenta de la forma arbitraria en que se utilizan los recursos públicos.

Una vez, de la noche a la mañana, cambiaron todo el mobiliario del edificio, desde los botes de basura hasta las computadoras. Se gastaron millones de pesos porque había que ejercer el presupuesto antes de diciembre, debido al cambio de administración. El dinero se pudo usar para cosas útiles, en proyectos que no se aprueban por pura pinche burocracia.

Esas frustraciones y malas experiencias han alimentado una sola certeza en Eduardo: el cambio jamás vendrá de los políticos, ni siquiera de las asociaciones civiles, “casi siempre más preocupadas por conseguir recursos que por ayudar realmente a la gente”.

Si se quiere cambiar al país, hay que trabajar con la gente que necesita que el país cambie. En ese sentido, los indígenas son los excluidos de los excluidos.

A estas alturas, los integrantes de Muñeca Fea han consolidado una fuerte relación con los niños otomíes con los que participan. Bromean con ellos, los invitan a sus fiestas de cumpleaños o a jugar futbol cualquier día de la semana.

Cuando entras en ese nivel, ya no eres sólo el tipo que viene de la delegación a darles una beca, eres el compa al que le pueden pedir un consejo o hacerle una broma.

Pero ese mismo efecto se replica del lado contrario. Eduardo ya no puede sentir compasión por los pequeños. Le molesta que se trate y juzgue a los indígenas con conmiseración o lástima.

La gente los ve y dice “pobrecitos, niños”… ¡Pobres de nosotros! Ellos tienen una familia y un apego a una comunidad. Gracias a eso pueden subsistir en esas condiciones. Nosotros ya no tenemos eso; como sociedad, estamos mucho más indefensos.

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Rigoberto, Guardianes de la Memoria Oral
Siempre hemos preferido organizarnos

Hace dos años fue construida la primera y única clínica médica en Xochiajca, una comunidad nahua ubicada en la Sierra de Zongolica, Veracruz. Desde hace décadas el lugar padecía la insuficiencia de servicios médicos y los habitantes debían viajar durante horas a través de caminos sinuosos sin pavimentar para ser atendidos en las clínicas de los poblados más cercanos, o en el hospital municipal de Zongolica. Gracias a las exigencias de la comunidad, se logró gestionar la construcción y habilitación de la clínica. Sin embargo, eso no representó ningún cambio. Hasta la fecha, permanece vacía, sin equipo ni personal médico que la opere.

Desde muy joven Rigoberto Nopaltécatl supo que algo tenía que hacerse al respecto. Creció viendo cómo los frecuentes deslaves y desprendimientos de rocas dejaban heridos a los habitantes de Xochiajca; cómo la gente enfermaba debido a picaduras de animales ponzoñosos; cómo los viejos morían en el camino sin saber siquiera la causa. Por si fuera poco, en el lugar existe una alta población infantil que necesita atención médica.

El problema no es el acceso a la salud; en Xochiaca existen brigadas de salud –Rigoberto duda antes de continuar. Habla con palabras ligeramente entrecortadas; acostumbrado al náhuatl, su vocabulario en español por momentos resulta insuficiente–, pero eso no quiere decir que vivamos tranquilos. El Seguro Popular casi nunca cubre los gastos y la dotación de medicamentos es insuficiente. Tenemos que viajar a las clínicas de otras comunidades en donde se nos discrimina por ser indígenas o por no ser de la comunidad. La gente tiene que recurrir a médicos particulares que cobran por consulta lo que algunos ganan en dos meses. Además se gasta en comida y en pasajes.

Rigoberto tiene 22 años, estudia en la Universidad Veracruzana la licenciatura de Gestión Intercultural para el Desarrollo. Cuando la escuela le pidió crear un proyecto de impacto dentro de su comunidad de origen, Rigoberto no tuvo que pensarlo demasiado. Se sabía de memoria las principales carencias de los habitantes de Xochiajca y desde un principio enfocó su investigación hacia el área de derechos humanos, específicamente hacia los derechos de la salud.

Además de su labor en materia de salud, Rigoberto es parte de Guardianes de la Memoria Oral, un colectivo de jóvenes de la sierra de Veracruz que luchan por preservar la identidad indígena en la región.

A través de jornadas de participación comunitaria, recolectan historias y leyendas de los miembros más ancianos de su comunidad, relatos que de otra forma quedarían olvidados.

Los jóvenes han logrado hacer alianzas con diversas asociaciones, como la editorial cartonera Iguanazul, un grupo de la Ciudad de México dedicado sobre todo a la producción de revistas y publicaciones en materia indígena, en las que publican en diversos idiomas las historias recabadas.

Con ello buscan, además, fomentar el uso del náhuatl entre los niños pequeños de Xochiajca, muchos de los cuales olvidan paulatinamente el idioma por su contacto cada vez más directo con la ciudad.

Cada que hay elecciones llegan a prometernos que ahora sí, que ahora sí van a cumplir. Ve lo que pasó con la clínica: nosotros pusimos toda la mano de obra para la construcción, conseguimos el terreno y ¿qué pasó? Ahí está la clínica bien chula, pero no funciona.

En Xochiajca siempre hemos preferido organizarnos, resolver los problemas por nosotros mismos. Pero a veces no se puede, hay veces que necesitamos que el gobierno respete, aunque sea, nuestros derechos, pero ¿qué hacen ellos? Nada, no hacen nada.

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Itzel, la multi activista
Tenemos que entrarle a pesar del desaliento

Apenas tiene 19 años y su currículum ya supera al de cualquier ciudadano promedio. Itzel Pereda ha hecho de todo: ha ayudado a las esposas de reos del penal de Santa Martha en la creación de autoempleos; ha participado en la creación de proyectos sustentables en la colonia Plateros; ha ganado concursos nacionales de fotografía y video-documental; ha desarrollado programas y talleres de serigrafía y difusión cultural con jóvenes en comunidades marginales; ha sido brigadista comunitaria y organizado conferencias y debates en el Instituto de la Juventud del Distrito Federal; ha sido becaria de diferentes asociaciones civiles e instituciones gubernamentales; actualmente estudia economía en la UNAM y participa como documentalista en varios colectivos; y hace unos días fue seleccionada como becaria de los diplomados de juventud otorgados por la Organización Iberoamericana de la Juventud de la YMCA.

Pero no hace falta ver su expediente para saber que esta joven –hace apenas un par de años era una adolescente– ha participado en todo tipo de iniciativas públicas. Su voz suena a la de una profesional, una experta que ha perfeccionado los métodos para moverse en el laberinto burocrático de las instituciones, alguien que sabe cuándo y con quién puede proponer y gestionar proyectos.

Ahora Itzel está dentro de un pequeño cuarto, a un costado del Instituto de la Juventud del Distrito Federal (Injuve).
Unos 40 jóvenes, muchos de ellos menores de edad, hablan uno por uno, exponiendo sus inquietudes y sus problemas
cotidianos. Todos enuncian experiencias que van desde la drogadicción hasta problemas familiares, pasando por pro-
blemas de género, discriminación, derechos culturales, entre muchos otros.

El ambiente es relajado, los muchachos hablan sin inhibiciones; saben que sus padres no se enterarán de nada de lo que allí confiesan y que todos los asistentes son jóvenes en las mismas condiciones que no los juzgarán de la misma manera que un adulto. Itzel los escucha con atención mientras otra muchacha toma nota en una libreta.

Dentro del Injuve, Itzel organiza las llamadas “tertulias juveniles” como parte del programa Debate Joven. En realidad, se trata de pequeños grupos focales organizados por los mismos jóvenes con el objetivo de detectar cuáles son las necesidades más inmediatas de los chavos del Distrito Federal.

Una vez que haya obtenido indicadores suficientes, Itzel y un grupo de compañeros se dedicarán a crear una Agenda
de la Juventud, misma que pretenden hacer llegar a las autoridades con el fin de que se tome en cuenta en las iniciativas
del siguiente gobierno del DF.

El problema de los políticos –dice Itzel al terminar de escuchar a todos los jóvenes reunidos– es que viven desconectados de la ciudadanía. En la cuestión juvenil esto se vuelve más grave. Ni siquiera saben cuáles son las inquietudes de los chavos de hoy.

No obstante, Itzel sí piensa votar en las próximas elecciones. Cree que la democracia mexicana vive un momento histórico y que es tiempo de que los ciudadanos se involucren directamente, no sólo como electores sino como participantes directos. Con todo, no deja de mostrar cierta desconfianza hacia las instituciones que rodean el proceso electoral.

Todos sabemos la manera en que pueden corromperse las instituciones, el embarazo de casillas y todo eso. Hoy se habla mucho de transparencia y eso es un logro. Pero creo que un deber de los ciudadanos vigilar todo el proceso.

Itzel no pierde la esperanza, todavía no. En cierta manera ella se ha visto beneficiada con las políticas públicas del Distrito Federal. Reconoce que tanto la política como las instituciones están viciadas con dinámicas obsoletas, pero está convencida de que los jóvenes mexicanos pueden hacer una diferencia participando activamente en todos los procesos sociales.

Somos una generación demasiado heterogénea, eso a veces no nos deja ponernos de acuerdo. Pero si aprendemos a aprovechar esa diversidad, podremos hacer algo, algo en serio quiero decir. Tenemos que entrarle, a pesar del desaliento, aprender cuáles son las reglas del juego y utilizarlas de la mejor manera.

 

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